

      El falso Inca
      Roberto J. Payr

      Buenos Aires, 1904-1905.


      Seor Carlos Correa Luna.

           Mi querido Carlos:


           A tu buena y vieja amistad, que sabr apreciar el corto presente, 
      dedico estas cuartillas que no son de historia ni de novela, aunque de 
      ambas tengan lo bastante para no ser ni fruto solamente de la fantasa, ni 
      rida reproduccin de antiguos hechos. Diremos que es una crnica, escrita 
      por un reprter que suele olvidarse de la actualidad para averiguar el 
      pasado.
           Bohrquez va, pues, a ti y al pblico, sin pretensin mayor, por muy 
      charlatn que sea. Y el cielo te libre y libre a los lectores de tantos 
      de su calaa como andan por estos mundos, prole distinguida y nunca 
      bastante ponderada del insigne andaluz!



                Afectuosamente



      Roberto J. Payr     
      [83]
      I
      FORASTEROS EN EL VALLE
           Dos viajeros, un hombre y una mujer, indgenas a juzgar por su 
      aspecto y traje, cruzaban al caer la tarde de un tibio da de mayo de 
      1656, el amplio valle de Catamarca: el sol iba a ponerse tras del Ambato, 
      los viajeros parecan rendidos por una larga jornada, y cerca no se vea 
      habitacin alguna.
           -Aqu podamos quedarnos -dijo el hombre en castellano, sealando un 
      alto paaj puca (quebracho colorado), que sobresala en un bosquecillo de 
      algarrobos, vinales y mistoles, entretejidos de enredaderas.
           -Como te parezca -contest la mujer, que tena marcado acento 
      quichua, as como andaluz su compaero.
           Deposit bajo el rbol las alforjas de lana de colores que llevaba, y 
      haciendo en seguida un montn de ramillas y hojarasca, bati el eslabn e 
      hizo fuego, en la creciente obscuridad de la noche que caa. Baj luego 
      hacia el Ro Grande, que corra a pocos pasos, llevando en la mano un 
      ancho tazn de barro cocido, y volvi con l lleno de agua, preparndose a 
      cocer el maz que, con un poco de grasa, aj y sal como condimento, 
      constituira su frugal comida.
           El hombre, silencioso y aptico, se haba tendido en la espesa yerba, 
      con los brazos bajo la cabeza, masticando lentamente un acuyico de coca.
           -A estas horas -murmur por fin- ya est avisado todo el mundo, y 
      todo el mundo ha recibido la noticia con regocijo...
           -Algunos habr que no creern -replic la mujer.
           -Pero callarn, porque les conviene, porque es la realizacin de sus 
      deseos, Carmen!... Oh! el plan est bien madurado, y es magnfico!... 
      Slo falta encontrar el medio [84] de acercarnos al gobernador... Y si l 
      se deja envolver...
           -Es tan ambicioso!... Ha perseguido, azotado, dado tormento a 
      centenares de indios, para arrancarles el secreto de sus tesoros! -exclam 
      Carmen, con vaga sonrisa de burla-. Ea, vamos a comer, que este cocimiento 
      ya est.
           -Y ni siquiera un poco de aloja para refrescar! -murmur el hombre.
           -No te apures, Perico, que si esto no es tan bueno como los festines 
      del Potos, da llegar en que los tendremos mejores. Un Inca con 
      millares y millares de sbditos!...
           -Come y calla, que en boca cerrada no entran moscas.
           Comieron silenciosos en medio de la sombra que haba llenado el 
      valle, entonces mucho ms frtil que hoy, pues el Ro Grande del Valle 
      Viejo que bajaba desde cerca de las faldas del Pucar, y el ro Tala, que 
      descenda del Ambato, no interrumpan nunca su corriente, y en verano, 
      crecidos con los deshielos, lo inundaban, fecundaban y reverdecan todo.
           El fuego, entretanto, iluminaba fuertemente el rostro atezado del 
      hombre, en el que fosforecan dos ojos pequeos, negros y vivos. Era de 
      corta estatura, vesta una mala tnica de lana y un poncho de colores, y 
      llevaba en los pies ojotas, o sandalias de cuero sin curtir. Pareca, 
      pues, un indio, pero, aun sin orlo hablar, un europeo observador hubiera 
      notado en sus ojos de corte horizontal, en la lnea de su nariz y en sus 
      movimientos bruscos y nerviosos, nada apticos por cierto, que no 
      perteneca a la raza calchaqu.
           Carmen, su acompaante, presentaba rasgos de india, y rasgos de 
      espaola. Tena el rostro de cobre dorado, ojos negros, muy grandes, 
      dulces y tranquilos, pero en que a veces brillaban llamaradas de 
      inteligencia y viveza, nariz fina, cabello como el azabache, algo rudo y 
      ondulado, labios gruesos y rojos, frente estrecha y lmpida. Iba envuelta 
      en un manto que ocultaba sus ropas cadas y se cea coquetamente a sus 
      redondas formas, pero los brazaletes y ajorcas de sus brazos y tobillos, 
      los grandes pendientes de sus orejas y los topus cincelados con que se 
      sujetaba el cabello, parecan indicar una mujer rica, si no de clase 
      elevada. [85]
           -Si vendr maana! -exclam el hombre, acabando de comer.
           -Lo citaste aqu mismo? Pues vendr, no te quepa duda, Pedro. Ahora, 
      lo mejor es dormir.
           La noche pas silenciosa y tranquila, sin ms rumores que el de las 
      hojas movidas por la brisa y humedecidas por el roco, el canto de las 
      ranas, y algn lejano gruido de puma o de jaguar en exploracin por la 
      selva y las quebradas.
           Poco antes de amanecer, un vocero y un zurrido incesantes y 
      crecientes los despertaron. Inti, rey de lo creado, anunciaba su llegada, 
      y la naturaleza entera se aprestaba a recibirlo. Alzaban alto el vuelo, el 
      gaviln, el carancho, el chimango; el cuervo formaba sus negras cuadrillas 
      de salteadores; el cndor, como un puntito imperceptible e inmvil, bogaba 
      sin esfuerzo en los aires; y entre las ramas, el rey de los pjaros y el 
      aarca se trazaban sus planes de emboscadas, mientras en los rboles o 
      sobre la yerba charlaban o cantaban loros, kcates, carpinteros, horneros, 
      zorzales, venteveos, viudas, mirlos, boyeros, cardenales, calandrias y 
      guilguiles... alternando con el grito de las pavas del monte, las 
      charatas, las chuas, o el arrullo de las torcazas, las bumbunas y las 
      trtolas, o el silbido de las perdices y las martinetas...
           Carmen volvi a hacer fuego. Pedro mascaba coca, cambiando pocas 
      palabras, en plena tranquilidad, cuando una gruesa voz de hombre los hizo 
      poner en pie de un salto. No era para menos! La voz deca:
           -Ea, Pedro Chamijo, date, date que no hay escape!...
           Y en efecto, la boca de un arcabuz apuntaba al descuidado viajero, y 
      tras del arcabuz se vea la enmaraada barba, los ojos lucientes, las 
      manos rudas y la cola de cuero, la chupa y el casco de un soldado espaol. 
      [86]



      II
      VISITA INESPERADA
           No era aquello lo que aguardaba la pareja tan bruscamente 
      interpelada. El hombre, ya en pie, tuvo un violento temblor, y se le nubl 
      la vista. La mujer, ms entera -quiz por lo menos amenazada-, consider 
      un momento al soldado. El examen debi resultar favorable, pues en seguida 
      sonri levemente y dijo con toda tranquilidad:
           -Es Sancho Gmez.
           Bajose el arcabuz, y el soldado se adelant jovialmente, exclamando:
           -El mismo, hermosa! Pero qu andis haciendo por aqu, cuando os 
      crea tan lejos?
           Pedro pas, por lgica transicin, del susto a la ira, y 
      prorrumpiendo en una larga serie de blasfemias, acab por decir:
           -Vaya un modo de saludar a los amigos, Sancho Gmez! Y cmo se ve 
      que ahora no me necesitas! Me has dado un sofocn!...
           -Bah! pelillos a la mar, y cuntame lo que andis tramando, t y 
      esta buena pieza -dijo Sancho, sentndose en el suelo-. En buena hora me 
      ocurri dejar el caballo, y acercarme con tiento a ver qu era este humo. 
      Si la tuya ha sido ingrata en el primer momento, la ma es una gratsima 
      sorpresa. Vaya! Desembucha, hombre de Dios! Cuenta, cuenta lo que haces.
           Pedro Chamijo llambase, en efecto, el viajero, y Sancho Gmez le 
      haba conocido muy a fondo en Potos, donde fuera su camarada de orgas, 
      aventuras e intrigas, tales que daran materia para la continuacin del 
      Lazarillo o El gran tacao. Testigo y cmplice fue Gmez del ardid con 
      que Chamijo logr apoderarse no slo de los quince mil duros de don Pedro 
      Bohrquez Girn, sino tambin de su ilustre apellido. Puesta en el potro 
      del tormento, puede que la gentil Carmen recordara cmo se produjo aquella 
      hazaa, y qu cebo atrajo al incauto; pero si callaba esos pormenores, 
      [87] recordaba en cambio gustosa la vida de fausto y de placeres que 
      gozaran los tres -Chamijo convertido ya en Bohrquez Girn, Sancho Gmez y 
      ella-, hasta que su amante fue enviado a purgar en la crcel de Chile, no 
      sus delitos, que eran numerosos, sino el imperdonable crimen de haber 
      embaucado a virreyes y gobernadores del Per, prometindoles descubrir 
      minas y tesoros -los famossimos del Gran Paitit- que nunca se 
      encontraron...
           Del presidio de Valdivia -donde volviera a encontrarse con Carmen-, 
      el andaluz, tan poco animoso cuanto amigo de baladronadas y bravatas, huy 
      a Cuyo.
           Carmen lo sigui con singular valor y abnegacin, y all colabor en 
      el complicado plan de una intriga que haba de elevar a su amante a la ms 
      encumbrada grandeza. All tambin perfeccion a ste en el conocimiento 
      del idioma quichua, y aprovech con l todas las circunstancias favorables 
      para ponerse en comunicacin con los indios del Calchaqu, preparndolos a 
      una guerra formal contra los conquistadores, y anuncindoles el prximo 
      advenimiento de un Hijo del Sol, sabio e indmito, guerrero, cuya ciencia 
      y cuyo valor centuplicaran las fuerzas de su pueblo.
           Y cuando les pareci que el plan estaba suficientemente madurado y la 
      semilla de la insurreccin bastante esparcida en terreno propicio, se 
      pusieron en marcha, atravesaron los Andes, y por los valles de Guandacol y 
      Famatina, sin tocar en Rioja por no dar trabajo a la autoridad, entraron a 
      la regin calchaqu, futuro teatro de sus hazaas. All permanecieron 
      largos meses trabajando ocultamente en sus fines, hasta que resolvieron 
      dar el golpe decisivo, y emprendieron viaje otra vez. De eso haca pocos 
      das.
           Chamijo o Bohrquez, luego que se le hubo pasado la ira de la 
      reaccin, se encar con su compinche Sancho Gmez, hablndole 
      amistosamente.
           -Caes -le dijo- como llovido del cielo, si es que, como presumo por 
      tus arreos militares, tienes algo que ver con el gobernador Mercado.
           -S que tengo, y mucho -replic Sancho-, pues no le sirvo slo 
      cargando el arcabuz, sino tambin guardndole las espaldas en alguna 
      aventurilla, y hasta procurndosela si [88] es preciso. Ya sabes que yo no 
      soy hombre de tontos escrpulos, ni de remilgos a lo duea o rodrign...
           -Pues es preciso que me procures una entrevista secreta con el 
      gobernador Mercado y Villacorta.
           -Don Alonso me la conceder en cuanto se la pida. Pero, vamos a ver: 
      qu es ello?, de qu se trata?
           Chamijo se acerc y habl al odo de su camarada, por largo espacio, 
      como si temiera que los mismos troncos de los rboles tuviesen odos. 
      Gmez, escuchndolo, abra desmesuradamente los ojos. Por fin balbuce:
           -Pero corres a la horca!
           -O a la grandeza! Deja la horca en paz, que sa no llega hasta el 
      da postrero, y contesta: Quieres ayudarme? No arriesgas nada, no te 
      comprometes en nada, y, si triunfo... si triunfo compartir contigo el 
      beneficio...
           -Pero... una traicin -tartamude Gmez.
           -No hay traicin cuando se va con el que manda como soberano. Adems, 
      quin sabe si llega el caso; sin embargo, siempre llegar el de los 
      maraveds, la holganza, el vino rancio y las buenas mozas. Est dicho?
           -Hum! Hasta cierto punto!... Te procurar la entrevista, y despus 
      veremos... En todo caso puedes contar con mi discrecin y mi honradez.
           -Honradez de pcaro.
           -Los pcaros no se engaan ni traicionan. Bueno, con Dios! voy a 
      montar a caballo y seguir mi camino. A propsito, dnde y cundo nos 
      encontraremos?
           -En Londres, dentro de una semana.
           -En Londres, dentro de una semana. Est bien, no faltar... Carmen... 
      no hay ni una caricia de adis para un viejo amigo?
           -Anda, vete, cara de chiqui! (diablo). Que te acaricien tus propias 
      barbas, chancho del monte!
           -Amable y dulce prenda! cun gratas me son tus palabras! -dijo 
      Sancho riendo, y alejndose por los matorrales en procura del caballo que 
      haba dejado lejos para no hacer ruido, y ver sin ser visto a los que 
      acampaban en el bosque.
           Apenas haba desaparecido, una cara de indio asom en [89] medio del 
      follaje, precisamente junto al sitio en que estaba sentada Carmen, mirando 
      a Bohrquez.
           -Buenos das, gran jefe! -murmur ms que dijo el indio en quichua-. 
      Temprano te amanecen hoy las visitas importantes.
           -Ah, Luis! Te esperaba con impaciencia! Acrcate.
           -Con impaciencia aguardaba yo tambin, metido entre estas hojas, a 
      que se fuera ese alacrn, ese cangrejo vestido de cscara dura. Es muy tu 
      amigo... Y has hecho bien en hablarle en voz baja, pues as como pude 
      haberte odo yo, pudo tambin escuchar algn otro...
           -Muchas palabras gastas hoy -refunfu Bohrquez en castellano.
           -Joven, hablas demasiado -aadi Carmen en quichua.
           -Me preparo la lengua para las grandes noticias -replic 
      tranquilamente el indio.



      III
      EL MESTIZO
           -Las grandes noticias? -pregunt Bohrquez palpitante de inters y 
      emocin, mientras Carmen se acercaba instintivamente al indio, que se 
      haba reunido a ellos, saliendo de la espesura.
           -S. Estos ltimos meses he recorrido las tribus, una por una, y 
      desde Humahuaca hasta ms all de las salinas, todas estn prontas a 
      empuar las armas por su independencia, arrojar a los espaoles de las 
      tierras del sol, restablecer el imperio de los Incas y su vieja religin, 
      y reconocerte como su jefe y el hijo representante de Dios sobre la 
      tierra, aunque...
           -Aunque? -pregunt sobresaltado Bohrquez.
           -Aunque algunos afirmen que no corre por tus venas la sangre de Manco 
      Capac y Mama Ocllo, y aseguren que eres...
           -Basta! -prorrumpi Bohrquez-. Castigara esa audacia, si no se 
      necesitara de todos para nuestra grande obra. [90]
           -Tambin lo dices por m? -pregunt el indio con la ms 
      imperceptible irona.
           -Tambin por ti lo digo, vasallo! -replic Bohrquez, exagerando el 
      tono.
           Luis guard silencio y mir a Carmen, que le haca una ligersima 
      sea con los ojos.
           -Deja, oh soberano, que este hombre siga dndote las noticias que 
      tiene -dijo la mestiza con fingida sumisin.
           Luis Enrquez, que as se llamaba el indio, o ms bien mestizo, pues 
      era hijo de un aventurero espaol que haba seducido y abandonado a su 
      madre, quien lo educ en el odio y el desprecio hacia los conquistadores, 
      incitndolo a la venganza desde sus ms tiernos aos, serva desde tiempo 
      atrs de teniente y emisario a Bohrquez y agitaba infatigable las tribus 
      calchaques, preparndolas para el da del exterminio.
           El sistema de las encomiendas, que converta a los indios en 
      esclavos, so pretexto de ampararlos, patrocinarlos, ensearles la 
      doctrina cristiana y defender sus personas y bienes, tena indignado a 
      todo el mundo, y pronto a lanzarse al combate; slo faltaba un jefe, un 
      guerrero que pudiera conducir a la victoria a esas huestes bisoas e 
      indisciplinadas, que si lucharon en anteriores sublevaciones fue para 
      convencerse sangrienta y dolorosamente de que les faltaban armas, y sobre 
      todo pericia.
           La situacin era doblemente insoportable para los indmitos 
      calchaques, que no haban usurpado su nombre de dos veces bravos. En 
      efecto, aunque sbditos de los Incas, conservaban cierta autonoma hasta 
      la llegada de los espaoles, y ellos mismos elegan sus caciques. Su 
      independencia fue luego total, mientras los conquistadores no invadieron 
      sus valles; y ms tarde stos no lograron nunca someterlos del todo, hasta 
      su exterminio completo.
           Sus insurrecciones, que ocuparon un espacio de cerca de siglo y 
      medio, fueron innumerables y algunas terribles. Ya entonces se recordaban, 
      entre otras, las de 1536 contra Almagro; 1542 contra Diego Rojas, a quien 
      cost la vida; 1553 contra Aguirre, que, segn los historiadores, haba 
      cometido la iniquidad de repartir decenas de miles de indios [91] como 
      esclavos, a treinta y siete encomenderos, y que fue obligado a evacuar la 
      ciudad de Barco; la de 1562 en que el clebre caudillo indgena don Juan 
      de Calchaqu obtuvo la victoria en varios combates, al frente de numeroso 
      ejrcito; la de 1572 contra Abreu; la de 1582 en Crdoba, y por ltimo la 
      gran campaa contra el gobernador Felipe Albornoz, iniciada en 1627...
           Ya haca, pues, muchos aos que en los heroicos valles reinaba 
      aparente paz, slo turbada de cuando en cuando por alguna parcial 
      refriega, a la que seguan inmediatamente feroces castigos e inhumanos 
      tormentos, porque los espaoles consideraban que, siendo tan pocos, en 
      nmero, slo el terror poda mantenerles sumisas aquellas masas 
      innumerables de hombres. Junto con el terror, la religin y los prodigios 
      celestiales, verdaderos o fingidos, completaran la obra...
           Luis Enrquez, entretanto, terminaba de dar sus informes al espaol:
           -El valle de Calchaqu, el vasto espacio que rodea las salinas de 
      Catamarca, los valles de Anillaco y Famatina, las gargantas y desfiladeros 
      de los Andes, todo hervir en guerreros armados de lanzas, hachas, libes, 
      hondas y flechas en cuanto des un grito, y los pucars vern sus murallas 
      cubiertas de defensores. He visto a los valerosos Quilmes, nunca vencidos, 
      en sus mesetas, frente al Aconquija; estn dispuestos oh, hace ya muchos 
      huatas! Los Andalgals, de junto a las salinas, los Acalianes del valle de 
      Anucn, los lejanos Lules del Tucumanhao, arden en deseos de venganza e 
      independencia. Los atrevidos Diaguitas quisieran comenzar hoy mismo la 
      lucha terrible, e igual pasa con los Escalonis, que abandonarn 
      entusiastas sus caceras para dedicarse a otra ms grande y ms 
      sangrienta! El mismo ardor se observa en todas partes...
           -Podr -pregunt Bohrquez con voz turbada-, podr ponerme desde 
      luego en contacto con algunos jefes?
           -Podrs.
           -Cundo?
           -No pasarn tres das sin que lleguen numerosos caudillos, adivinos y 
      sacerdotes a las inmediaciones de Choya. All [92] se reunirn, en una 
      gruta del Cerrito. T puedes, esa noche, hablar con ellos y resolver.
           -Oh, Luis! -exclam Bohrquez, conmovido a pesar suyo-. Suceda lo 
      que quiera, t sers mi segundo! El prncipe ms poderoso del imperio! 
      Sme fiel!
           -Ser fiel a la venganza; slo quiero la venganza -murmur 
      apticamente el indio- y para alcanzarla, todos los medios me parecen 
      buenos.
           -Carmen! -grit Bohrquez, sin parar mientes en lo que el otro 
      deca-. No veo la hora de llegar a Choya! All quiero esperar a los 
      jefes de mi pueblo!... Vamos, en marcha. Sgueme t tambin, Luis!
           Y sin ayudar a su compaera a recoger los utensilios que en el suelo 
      quedaban, ech a andar a lo largo del ro, por un estrecho sendero, paso 
      sin duda de los chasques que cruzaban el valle de norte a sur.
           -Yo s que no es inca, ni indio: es espaol, pero... por ahora no 
      importa! -dijo Luis Enrquez a la mestiza, como si se le escapara un 
      recndito pensamiento.
           Carmen se puso sigilosamente el dedo en la boca, ech la alforja a la 
      espalda, y ponindose en seguimiento de su amante, murmur:
           -Calla y espera.
           La haba sorprendido tal indiscrecin en un indio, cuando stos son 
      la reserva y la astucia personificadas. Pero luego pareci comprender.
           -Bah! -se dijo-; es mestizo como yo: har de l lo que quiera!



      IV
      LOS CACIQUES
           Anduvieron a buen paso, tanto, que ya a medioda estaban frente a la 
      aldehuela de San Isidro, no lejos del lugar en que ms tarde se fund la 
      ciudad de Catamarca. La aldea, muy crecida, existe an, y fue tomada por 
      los espaoles como centro estratgico de observacin, para que no pasaran 
      inadvertidos [93] los movimientos sospechosos de los indios. Un puado de 
      miserables ranchos de barro y paja rodeaba una pobre capilla de cinco 
      varas de frente por unas veinte de fondo, paredes de adobe, techo de 
      troncos apenas desbastados, cubiertos de caas, ramas y barro, y cuyas 
      puertas y altos ventanillos eran de toscas tablas. En ese templo primitivo 
      comenzaba a venerarse la hoy famosa imagen de la Virgen del Valle, a la 
      que, despus de consumados los hechos que narran estas pginas, se 
      atribuyeron todos los tristes y sanguinosos horrores de la guerra, y cuyos 
      tesoros, atrados por tales cruelsimos milagros, afluyendo a sus altares 
      han permitido luego alzarse una catedral.
           Los viajeros no hicieron ni mencin siquiera de asomarse a la 
      capilla. Continuaron su camino sin ser vistos por los habitantes de la 
      aldea, entregados a la siesta despus del frugal almuerzo.
           Algo ms all, en un espeso bosquecillo de algarrobos, ceibos y 
      garabatos, junto al ro, hicieron fuego y se dispusieron a almorzar y 
      descansar tambin.
           Al caer la tarde volvieron a ponerse en camino sigilosamente. Estaban 
      slo a legua y media de la encomienda de Choya, y una vez atravesado el 
      ro y el arenal que del otro lado se tenda en forma de playa, salpicado 
      de breas y cactus, no tardaran en llegar al refugio elegido. Pero 
      prefirieron hacerlo de noche, y descansaron varias veces para esperarla, a 
      la sombra de los rboles. Los conversos de la encomienda de Choya 
      estaban con ellos; en ningn caso les haran traicin, pero bueno era 
      prevenirse contra miradas indiscretas...
           Ya en plena obscuridad, tomaron un atajo para subir a la colina. Luis 
      se separ de ellos. Iba hasta las casas para ponerse en comunicacin con 
      algunos habitantes, procurar provisiones, agua y armas para cazar y para 
      defenderse si el caso llegaba.
           Bohrquez y Carmen subieron largo rato por una senda que culebreaba 
      en la escabrosa colina, hasta encontrar, al extremo de una vasta 
      explanada, una gruta que Luis les haba indicado. Este refugio estaba 
      formado por un peasco enorme que, rodando de la cumbre en algn 
      cataclismo, haba ido a detenerse sobre otros dos que sobresalan de la 
      [94] falda de la colina y servan de paredes laterales a la cueva, muy 
      espaciosa, y cuya ancha entrada estaba disimulada por la vegetacin: 
      grandes acacias espinosas y asclepiadeas y aristoloquiceas que trepaban 
      por la roca como los bastidores de una decoracin de teatro. Algo ms 
      adelante, dos cereus gigantescos parecan custodiar la gruta.
           En ella se instalaron, haciendo fuego para que todo estuviese pronto 
      cuando llegara Luis con las vituallas. El mestizo no tard ni lleg solo. 
      Un indio iba con l, cargando dos grandes cntaros, uno de agua fresca y 
      otro de chicha, y llevando un cuarto de llama. Al notar su presencia 
      Bohrquez se retir al fondo de la gruta, quedndose en un rincn obscuro, 
      como para evitar todo contacto con el plebeyo.
           -Ah est el hijo del sol, Huallpa Inca! -dijo Luis en voz baja a su 
      acompaante, que, con grandes manifestaciones silenciosas de respeto, 
      deposit su carga junto al fogn, dio unos cuantos pasos atrs sin volver 
      las espaldas y aguard, sumiso, mirando al suelo.
           -Puedes marcharte -agreg entonces Luis sin alzar la voz.
           El indio -uno de los pretendidos conversos de Choya- desapareci en 
      las tinieblas sin haber despegado los labios. En el inextricable matorral 
      no se oy siquiera el roce de su cuerpo con las hojas y el ramaje: ms 
      ruido produjera una vbora arrastrndose por una losa de mrmol.
           -Aqu traigo algunas otras provisiones y armas -dijo Luis, dejando en 
      el suelo una bolsita de grano, un atadito de hojas de coca y dos arcos con 
      sus flechas-. Yo me quedo con este arcabuz; como tengo que partir 
      inmediatamente, ser ms til en mis manos.
           -Tienes que partir? -pregunt Carmen aprestndose a hacer la comida.
           -S; aguardadme aqu ambos. Debo ponerme en comunicacin con los 
      caciques para que acudan en la noche de pasado maana.
           Bohrquez y Carmen quedronse solos y taciturnos, haciendo en 
      aquellos das vida de ermitaos, casi sin cambiar palabra, pero con el 
      pensamiento fijo en la misma idea. El andaluz haca menos larga la 
      expectativa durmiendo a [95] ratos comiendo y bebiendo chicha. Pero, al 
      tercer da, cuando comenzaba a brillar la luna en su primer cuarto, 
      poblando el valle de borrosos fantasmas, Luis reapareci y tras l 
      llegaron, silenciosos y graves, los caciques, los curacas (jefes de 
      familia) y los machis (brujos) convocados en nombre del falso Inca.
           Ninguna prenda de su traje distingualos en aquel momento del resto 
      de los habitantes de los valles: vestan, en efecto, una toga o tnica 
      talar de lana, algo recogida en la cintura, y no llevaban armas, visibles 
      por lo menos.
           -ste es el Titaqun -dijo Luis Enrquez sealando a Bohrquez y 
      dndole por primera vez este ttulo, correspondiente al de seor del 
      pas, que en otros tiempos usaban los delegados del Hijo del Sol.
           -Huallpa Inca! -corrigi orgullosamente el aventurero-. Sentaos.
           Los indios, sin cambiar una mirada, con misterioso silencio, fueron 
      ponindose en cuclillas en torno del fogn, contra las paredes de la 
      gruta. Eran una veintena. La llama del hogar les iluminaba los rostros 
      bronceados, haciendo en ellos caprichosos juegos de luz y sombra, y 
      ponindolos a veces del color de la sangre. La expresin de todos ellos 
      era impenetrable, y Bohrquez se esforzaba intilmente por darse cuenta de 
      sus sentimientos. Carmen lo anim, acercndosele y hacindole una sea 
      tranquilizadora.
           -Quin es esta mujer? -pregunt el Curaca de Pacln.
           -Es la Coya (reina) -murmur Luis.
           La conferencia comenz. Bohrquez consider hbil y til ofrecer a 
      los jefes una especie de autobiografa, valindose de los datos un tanto 
      confusos que posea de la historia del Per, y aprovech para ello la 
      facundia que le haba hecho famoso en cuantos pases visitara.
           -Huyendo y oculto -dijo entre otras cosas-, perseguido siempre, 
      siempre protegido por mi padre Inti, crec entre las asperezas de los 
      Andes, inculto y bravo, pero sintiendo en mi interior, junto con la 
      necesidad del mando, la ciencia innata del gobierno. Porque as debe ser 
      el que, como yo, es descendiente directo y heredero forzoso de Manco 
      Capac, el rico en virtudes y poder, que rein cuarenta luminosos aos, 
      [96] de Sinchi Roca, el valeroso, de Lloque Yupanqui, el zurdo, de Capac 
      Yupanqui, de Inca Roca, el prudente, que durante largos aos y felices, 
      con el llautu en la frente y el chonta con la estrella de oro en la mano, 
      vieron salir da tras da, el sol por encima de las montaas coronadas de 
      nieve. Porque as debe ser quien, como yo, desciende del gran Yaguar 
      Huacac, el que lloraba sangre, de Ripac Viracocha, que anunci la futura 
      llegada de nuestros nefandos opresores, del noble y denodado 
      Titu-Manco-Capac-Pachacutec, perturbador del mundo, del heroico Yupanqui, 
      que reintegr estas comarcas al imperio, y despus de conquistarlas con 
      las armas las vincul con sus leyes sabias y justas, del padre 
      deslumbrador Tupac Yupanqui, de Huaina Capac, el joven rico, conquistador 
      de Quito y padre del sol de alegra Inti-Cusi-Huallpa, y del traicionado y 
      atormentado Atahualpa, cuya muerte tortura an el corazn de sus 
      vasallos... Porque as es el sucesor de los desdichados monarcas que no 
      llegaron a reinar, despojados por la usurpacin espaola, el Inca Manco, 
      Sayri Tupac Yupanqui, Tupac Amaru, infeliz, cuya cabeza rod en el cadalso 
      de Cuzco, clamando la inicua felona castellana y la terrible venganza de 
      los suyos...
           Bohrquez call como embargado por invencible emocin.
           Una voz, entonces, acremente sarcstica, brot de un rincn oscuro, 
      preguntando:
           -Y tu, hijo de quin eres?
           Era el cacique Luis de Machigasta, el nico que hubiera acudido a la 
      conferencia casi contra su voluntad y que estaba casualmente en la 
      comarca: decasele amigo de los conquistadores.
           Al orlo Bohrquez, se inmut, y sinti que una nube le pasaba por 
      los ojos. No atinaba a contestar, tartamude algo respecto del Gran 
      Paitit, donde haba reinado, se refiri a la rama femenina, enredose, en 
      fin, tratando de enredar, y ya los indios levantaban la cabeza y lo 
      miraban sorprendidos y recelosos, cuando el Curaca de Tolombn, jefe de un 
      heroico pueblo, tom la palabra con apasionada elocuencia.
           l tambin tena sus dudas o sus certezas respecto del origen del 
      pretendido Huallpa Inca, pero quiz consideraba [97] que el pueblo 
      calchaqu deba aprovechar aquella oportunidad de volver por sus fueros.
           -Dejemos -exclam-, dejemos para ms tarde discusiones y 
      averiguaciones que hoy a nada conducen! Los valles proclaman ya con amor y 
      confianza, del uno al otro extremo, el nombre de Huallpa Inca, y no hay en 
      ellos un solo varn que no anse el momento de empuar las armas y 
      seguirlo para destruir, hasta el ltimo, los hombres blancos y barbudos 
      que nos esclavizan, nos aherrojan y nos matan!...
           Desde las primeras palabras el Curaca se haba hecho dueo de sus 
      oyentes. Bohrquez, considerndose salvado, mir hacia el rincn en que 
      Carmen estaba acurrucada, con una sonrisa de triunfo. En cuanto pasara 
      aquel minuto terrible quedara ungido Inca, por la fuerza incontrastable 
      de los hechos, y podra tratar como traidores a cuantos no lo acatasen!... 
      El Curaca, entretanto, continu:
           -Tenemos que lanzarnos a la guerra! Todos los curacas y caciques de 
      los valles, vamos a mudarnos la flecha de la alianza, para emprender 
      juntos la guerra! Aqu est nuestro jefe, nuestro soberano!... Era lo 
      nico que nos faltaba: un general capaz de llevarnos al triunfo!... 
      Porque nosotros no somos guerreros, somos pastores, somos agricultores! 
      Criamos las llamas en las alturas y cultivamos el maz en el llano que 
      surcan nuestros acueductos, nuestros canales, nuestras acequias, hechos 
      con tanto esfuerzo y tanto arte como los de nuestros hermanos del Per! 
      Tejemos la lana y el algodn y teimos las telas con las races de la 
      tierra y la savia de los yuyos; fundimos y esculpimos el cobre, curtimos y 
      aderezamos el cuero, labramos la piedra y la madera, modelamos y cocemos 
      la arcilla... Somos pacficos, somos bondadosos! Vemos en el hombre un 
      igual y un hermano, y si la entrada de nuestras montaas est fortificada, 
      si hemos alzado pucars, terraplenes y altas y gruesas pircas, es slo 
      para defendernos y defender a los nuestros en caso de inicuo y sangriento 
      ataque!... Ah! pero si somos pastores, si somos agricultores, tambin 
      sabemos cazar el uturunco (tigre) y el puma (len), sin que la pica 
      tiemble en nuestra mano, ni la flecha se desve en su camino, ni los libes 
      caigan antes [98] de alcanzar su presa, ni la piedra de la honda 
      interrumpa su curva mortal, y el guanaco y la vicua de las cumbres saben 
      bien cunta es la velocidad de nuestra carrera, lo sigiloso de nuestra 
      marcha, la resistencia de nuestros msculos semejantes a la cuerda tendida 
      del arco. Arriba, pues, hermanos, que estas otras fieras -los espaoles 
      vidos y sanguinarios- caigan al fin, pese a sus formidables armas, 
      arrollados por nuestro nmero, por nuestra perseverancia, por nuestro 
      valor, por nuestro odio!... Pnganse sus cscaras de cangrejos de 
      hierro!, la flecha sabr hallarles la juntura, conducida por la justicia 
      de nuestro empeo... Y si caemos mil, diez mil en la demanda, quedarn 
      diez mil, cien mil para vengarnos! La tierra engendrar nuevos hombres, y 
      la tierra, y la montaa, y los elementos, sern nuestros aliados!...
           -Yo os har caones! -clam Bohrquez, enardeciendo an ms el 
      entusiasmo, haciendo vislumbrar el triunfo, provocando la admiracin de 
      sus secuaces...
           Otros caciques tomaron en seguida la palabra, para hacer con 
      elocuencia el proceso de los espaoles, que los perseguan, los 
      torturaban, los mataban, los aniquilaban en el trabajo implacable de las 
      minas, desbarataban sus hogares, se llevaban sus mujeres y sus hijas, les 
      arrebataban su religin, sus costumbres, sus creencias...
           -Yo, como mis antepasados -prometi el andaluz-, har respetar los 
      derechos de todos: el suelo frtil se repartir con equidad, vuestras 
      tierras sern labradas aun antes de las mas, restablecer en todo el 
      imperio el glorioso culto de Pachacamac, el alma del Universo, el 
      Huiracocha, el fantasma misterioso de Inti, el que vierte oro en las 
      lgrimas que llora...
           Y as desarroll un vasto plan que, para los caciques y curacas, era 
      el reverdecimiento de antiguos y ya marchitos esplendores.
           -S, t eres el Inca, t el Hijo del Sol! -grit entusiasta el 
      cacique Pivanti, en cuanto Bohrquez ces de hablar-. Y yo, de hoy en 
      ms, te juro obediencia, acatamiento y amor!
           -Lo juramos! -repitieron varias voces. [99]
           -Llvanos ahora al combate y al triunfo! -agreg Pivanti.
           En ese momento uno de los machis levantose tendiendo la mano hacia el 
      caudillo, con ademn inspirado y solemne, y con tono proftico exclam en 
      medio de la emocin de los circunstantes, preparados ya por los anteriores 
      entusiasmos:
           -Mama Quilla te cie en este momento la frente con un llautu de luz! 
      Augura un reino de gloria para ti y para tu pueblo!...
           Un rayo de luna, en efecto, deslizndose por la boca de la gruta, 
      haba envuelto en plidos fulgores la cabeza del aventurero.
           Bohrquez quedaba definitivamente proclamado: la necesidad haca 
      cerrar los ojos a los ms prudentes y astutos caciques, y los mismos 
      machis no lo discutan: ms tarde, siempre habra tiempo de examinar sus 
      derechos a la diadema imperial...
           Poco despus, los indios se retiraron uno por uno, conviniendo en que 
      tomaran las armas a la primera seal. El cacique de Machigasta no se 
      excus de ello tampoco...
           -Ya eres Inca! -exclam Luis Enrquez cuando quedaron solos.
           -Siempre lo fui, aunque no reinaba! -replic Bohrquez con altivez.
           -En fin! -murmur el mestizo-, si tus proezas tienen que ser 
      narradas por los Amautas y cantadas por los Aravecus, nada importar a tu 
      vasallo tener que derramar hasta la ltima gota de su sangre...
           -Ya lo vers... Ahora, pensemos en marchar maana mismo a Londres 
      -dijo el aventurero-; all comenzar a desarrollarse nuestro plan... [100]



      V
      EL TESORO DE LOS INDIOS
           En las cercanas de Londres y en un rancho abandonado, de paredes 
      bajas, construido con piedras toscas y techado con paja y barro, 
      hallbanse reunidos, pocos das despus, Bohrquez, Carmen y Sancho Gmez. 
      Este ltimo haba conferenciado ya con el aventurero, y aquella tarde iba 
      a comunicarle que esa misma noche se celebrara la anhelada entrevista con 
      el seor gobernador del Tucumn, don Alonso de Mercado y Villacorta. Nada 
      o bien poco le haba costado obtener ese favor, pero su excelencia deseaba 
      que se procediese con sigilo, para no despertar las sospechas de los 
      indios ni provocar las crticas de los espaoles.
           -En cuanto baje algo ms el sol, nos pondremos en marcha para llegar 
      a boca de noche -dijo Sancho.
           -Como te plazca.
           -Ir yo tambin? -pregunt Carmen.
           -Vosotras las mujeres, para ser realmente tiles -observ Sancho-, 
      debis esperar siempre el momento oportuno...
           -Y se no puede tardar para ti -agreg Bohrquez guiando los ojos.
           Carmen no replic. Ambos espaoles pusironse en camino un rato 
      despus, y llegaron a Londres ya de noche, como lo deseaban.
           Esta mal llamada ciudad de San Fernando de Londres, actualmente 
      Pomn, era apenas una aldea encaramada entre riscos, con pobres casuchas 
      de madera y barro, pero circundada con algunos trabajos de fortificacin. 
      Sin embargo su importancia poltica era grande, pues su jurisdiccin -que 
      lindaba por el este con Chile, por el norte con Salta y Bolivia y por el 
      sur con La Rioja- abarcaba unas cincuenta leguas de norte a sur, por otras 
      tantas, ms o menos, de este a oeste.
           Bohrquez y Sancho entraron en el recinto de la ciudad, cuyos 
      habitantes se haban recogido ya a comer y descansar, [101] y deslizndose 
      entre las sombras, llegaron a un edificio algo mayor y mejor construido 
      que los dems, a cuya puerta se paseaba un soldado, al parecer de 
      centinela.
           ste, al ver a Sancho, como advertido ya de su llegada, dejolos 
      pasar, y despus de introducirlos en una pequea y desnuda habitacin con 
      humos de despacho, a juzgar por una mesa con escribana y legajos de 
      papeles que se observaban en un extremo, se intern en la casa, a anunciar 
      sin duda su presencia.
           -ste es el hombre, Sancho? -pregunt poco despus, entrando en el 
      despacho, un caballero joven, no mal parecido, de porte airoso y altivo, 
      bigote y perilla, ojos de terquedad y de pasin y tez curtida por las 
      intemperies, que vesta modestamente calzn, chupa y casaca de gnero 
      oscuro, y calzaba grandes botas de montar.
           -El mismo, excelentsimo seor -contest Sancho.
           -Bien, djanos solos.
           Sancho sali. Don Alonso, pues el recin llegado era el gobernador en 
      persona, encarose con el aventurero.
           -Eres Pedro Bohrquez, o por otro nombre Chamijo o Clavijo? 
      -pregunt.
           -Dejando de lado por el momento la cuestin de nombres y apodos, s, 
      excelentsimo seor -contest el andaluz con desparpajo.
           -Hasta aqu ha llegado el rumor de tus hazaas! Qu intriga tejes?
           -La envidia y la codicia hanme condenado, pero Dios sabe que soy 
      inocente de cuanto se me acusa -dijo Bohrquez, con fingida humildad.
           -Me han dicho que tienes algo que revelar respecto de minas, huacas y 
      tesoros.
           -En cuanto a eso os han dicho la verdad.
           -Habla, pues: ya te escucho.
           -Vuecencia ha de permitir que me ocupe, tambin, de otros dos asuntos 
      de la mayor importancia...
           -Veamos.
           -El uno se refiere a la famosa y misteriosa Ciudad de los Csares... 
      El otro es ms grave: tiene que ver con el gobierno mismo de estas 
      comarcas. [102]
           -Con el gobierno? Supongo que no se te habr ocurrido tener 
      participacin en l...
           -No sera demasiado atrevimiento... Un Girn!... Pero vuecencia 
      ver, si tiene a bien darme su venia.
           Mercado, que haba sonredo al or el noble apellido de los Girn en 
      boca del andaluz, contest casi jovialmente:
           -Pardiez! Habla de lo que quieras, que tiempo de sobra tenemos en 
      estas soledades, y tu charla puede divertirme; pero comienza por lo 
      referente a las minas y tesoros, sin tratar de embaucarme si te es 
      posible, que lo dudo. Ya sabes que te conozco.
           -Razn de ms para que vuecencia tenga confianza en m... Pero, 
      conoce tambin vuecencia la leyenda corriente acerca del cerro de 
      Famatina?
           -S, algo he odo. Se dice que los hechiceros han encantado ese cerro 
      de tal manera que, aun cuando se vean, desde lejos, resplandecer al sol 
      maravillosas vetas de oro y plata, nadie podr encontrarlas jams si antes 
      no rompe el encanto, y que el atrevido que logra acercarse a las minas, es 
      inmediatamente rechazado por sbitas y furiosas borrascas que llegan hasta 
      costarle la vida...
           -Y vuecencia lo cree? -pregunt Bohrquez con cierta sorna.
           -Algo de cierto habr en ello -dijo gravemente el gobernador-, como 
      lo hay seguramente en el misterio del cerro Manchao, que ruge en cuanto 
      una planta espaola huella sus inmediaciones.
           -Lo que ocurre -prosigui Bohrquez volviendo a su anterior humildad- 
      es, sin embargo, obra exclusiva de los hombres. Yo lo s a ciencia cierta, 
      porque he vivido mucho tiempo y vivo an entre los indios. Pero... voy al 
      grano. Es notorio, y est comprobado, que los ministros de los Incas, 
      valindose de sus sbditos, sacaban del cerro de Famatina incalculables 
      cantidades de oro y plata... Cmo explicar, pues, que esas minas 
      riqusimas hayan desaparecido de repente y por completo, desde que estas 
      comarcas pertenecen a los espaoles? No pueden haberse agotado de pronto, 
      por milagro, sin dejar huellas.
           -A qu atribuyes ese hecho, entonces? [103]
           -Me explico, sencillamente, que los indios han destruido ex profeso 
      los caminos que conducan a las bocaminas, en cuanto vieron que otros se 
      enseoreaban del pas. Y tengo una prueba material y una moral, al 
      respecto. Del otro lado de los Andes, muchas veces, cuando se trataba de 
      enterrar algn noble personaje -ya sabe vuecencia que en realidad no los 
      entierran, sino que los conservan, hasta con comida, para cuando 
      resuciten-, pues cuando se trataba de eso, los indios bajaban con el 
      cadver y los objetos que haban de sepultarse con l, por barrancos casi 
      a pico, hasta cuevas naturales o artificiales, abiertas en la roca, a 
      grande altura. Y a medida que bajaban con su carga fnebre iban 
      destruyendo las piedras salientes y las asperezas que les servan de 
      escala, de modo que no podan volver a subir. Llegados a la cueva, 
      depositaban el cuerpo y dems, tapiaban la entrada, y bajaban al valle, 
      cuidando tambin de borrar completamente ese segundo camino. Hecha la 
      operacin, la pared del barranco quedaba lisa como la palma de la mano, y 
      slo los pjaros podan llegar a la emparedada cueva... Nada costaba a 
      este pueblo, que ha ejecutado obras tan grandes, hacer eso mismo en ms 
      vastas proporciones. El camino de las minas de Famatina y de otras cien 
      partes, ha desaparecido as: no lo s slo por conjeturas, aunque stas 
      pudieran bastar; lo s tambin por confidencia de los mismos indios...
           Don Alonso de Mercado y Villacorta miraba maravillado, casi 
      convencido, al andaluz. La codicia que siempre haba dormitado en l, 
      acababa de despertar exigente y avasalladora. Ya le pareca verse dueo de 
      incalculables riquezas, volviendo a Espaa a gozar y triunfar en la corte 
      como un esplndido y poderoso prncipe. Era su secreta ambicin, lo nico 
      que lo haba trado a Amrica, lo nico que poda endulzarle aquel 
      destierro, no atenuado por sus aventuras y amoros, pues, como dice un 
      historiador, era hinchado de orgullo, dspota en sus dictmenes, 
      corrompido en sus costumbres...
           -Lo que me dices tiene el color de la verdad -murmur, con la 
      garganta prieta de deseo-. Pero tus antecedentes...
           -Son una garanta, excelencia: slo un hombre diestro [104] y astuto 
      como yo podra imaginar y llevar a trmino esta fabulosa hazaa.
           -Mas, conoces alguna de esas minas?
           -No, excelencia.
           -Entonces!
           -Pero puedo conocerlas todas, una por una, sin tardanza! Los indios 
      confan en m... me obedecen! Dentro de pocos das sabr hasta el ms 
      oculto de sus secretos. Tendr la llave de sus tesoros, de los inmensos 
      tesoros que millares y millares de indios arrancaban al seno de la tierra, 
      para enviarlos al Inca, el nico que poda hacer elaborar el oro y la 
      plata! Y... esa llave es lo que vengo a ofrecer a vuecencia!
           -No me basta tu palabra -murmur Villacorta, vacilante ya sin 
embargo.
           -El que ha encontrado esto, puede conduciros a donde hallis cerros 
      de los mismos minerales -dijo Bohrquez enfticamente, presentando al 
      gobernador dos muestras, una de oro y otra de plata, que llevaba a 
      previsin en el bolsillo.
           -Y ese hombre, quin es? -pregunt Mercado examinando las muestras 
      que haba tomado con mano vida.
           -Hoy es uno de mis indios, que me pertenece como la sombra al cuerpo. 
      Maana ser yo mismo, si lo deseo! Ah! pero esto es poca cosa, 
      excelentsimo seor; esto es, de veras, insignificante, parangonado con lo 
      que an puedo ofreceros! Tengo, en efecto, tesoros de mucha ms fcil 
      adquisicin, que slo exigen extender la mano sin necesidad de 
      excavaciones ni manipulacin alguna... Sabis muy bien las enormes 
      cantidades de metal que posean los Incas; sabis, por ejemplo, que 
      Atahualpa, tratando de rescatarse, llen de oro pursimo una habitacin 
      hasta donde alcanzaba con el brazo levantado... pero creis que ese oro y 
      el que se ha llevado a Espaa antes y despus, es todo el que posean y 
      poseen an los indios? Comulgis con la conseja de que arrojaron el resto 
      al mar y al fondo de los lagos?...
           -No! Hay huacas! -exclam el gobernador, tan deslumbrado como si 
      tuviera delante todo aquel oro, o como si mirara al mismo sol en pleno 
      medioda.
           -No confunda vuecencia! Las huacas son sepulturas, y [105] en ellas 
      habr joyas y preseas ms o menos valiosas, pero en pequea cantidad. Eso 
      no vale nada! El oro no ha desaparecido all. Instrudos de su valor como 
      moneda por los primeros conquistadores, queriendo conservarlo y al propio 
      tiempo privar de l a sus enemigos, los indios se apresuraron a ocultarlo 
      en entierros especiales, cuyos derroteros han venido legndose de padres a 
      hijos. Alguno se habr perdido y slo la casualidad har encontrarlo en 
      los siglos venideros... Sin embargo, los que subsisten y pueden 
      encontrarse hoy, bastarn para hacer palidecer de envidia al mismo 
Creso...
           -Dime qu indio sabe uno de esos derroteros, y el potro no tardar 
      en hacrselo revelar!...
           -Bien convencido est vuecencia de que el tormento es intil con 
      esos infieles, ms duros que la piedra con que hacen la punta de sus 
      flechas!...
           -Entonces...
           -Captarse su absoluta confianza, conseguir que la revelacin de esos 
      secretos sea para ellos una cosa ms que natural, obligatoria; se, se es 
      el nico medio, pues como no poseen la ciencia de la escritura, no tienen 
      documentos indicadores que puedan caer en nuestras manos.
           -Pero no hablarn nunca! -grit el gobernador, desencantado y 
      furioso.
           Bohrquez sonri.
           -A m me hablarn -murmur con falsa modestia, para producir ms 
      efecto-. Hace mucho vengo tendiendo una red en que caern al fin, por 
      poco que vuecencia me ayude!...
           -Voto va! Acabars de explicarte?
           -Nada ms sencillo. Los que hicieron esos entierros fueron los 
      caciques y los curacas de ciertas tribus que slo han comunicado el 
      secreto a sus descendientes... Pero se hubiesen apresurado a revelarlo a 
      otra persona...
           -A quin? Habla!
           -Al Inca.
           -Es verdad: pero no hay Inca.
           -Puede haberlo. [106]
           -Y quin?
           -Yo!
           -T! -exclam don Alonso de Mercado y Villacorta con profundsima 
      sorpresa al or contestacin tan inesperada.
           -S, yo!
           Despus de una pausa efectista, durante la cual el aventurero mir 
      frente a frente al gobernador, agreg:
           -Y puedo decir con verdad, que estoy a punto de serlo, si es que ya 
      no lo soy!
           Mercado call, perplejo. Meditaba con la impresin del vrtigo en la 
      cabeza.
           -No s -dijo por fin- en qu te fundas para hacer afirmacin tan 
      atrevida. Pero, quiero preguntarte: qu te propones con eso?
           -Ya lo sabe vuecencia: hallar los tesoros.
           -Nada ms?
           -Nada ms! Vuecencia tendr a bien darme una parte de esas riquezas. 
      Oh! no pido mucho: vuecencia ser siempre un potentado al lado mo. Pero 
      con lo poco que me toque volver a mi tierra a vivir y gozar tranquilo...
           Mercado lo miraba de hito en hito sintiendo que la codicia desvaneca 
      sus ltimas desconfianzas.
           -Pero -continu el andaluz- an hay otra cosa de que no he hablado a 
      vuecencia... Podemos llegar a saber la situacin precisa de la portentosa 
      Ciudad de los Csares. Me consta que los machis la conocen... Y eso no 
      sera simplemente apoderarse de un tesoro escondido: sera conquistar un 
      maravilloso imperio...
           -Ocupmonos ahora de las cosas ms accesibles -interrumpi Mercado-. 
      Al hablarme de asuntos del gobierno, aludas a esa posibilidad que dices 
      tener de hacerte Inca?
           -En cierto modo, excelentsimo seor. El hecho es que los indios se 
      mueven, complotan en secreto, piensan rebelarse... Si yo los mandara 
      podra impedir la insurreccin, o retardarla hasta que el nmero de los 
      aliados, conversos y sbditos realmente fieles, fuera suficiente para 
      dominar las hordas que se levantaran. Vuecencia sabe cun difcil sera, 
      hoy por hoy, sofocar una insurreccin con los escasos elementos de que se 
      dispone... recuerda sin duda lo que costaron [107] las anteriores... no 
      habr olvidado que don Juan de Calchaqu estuvo a punto de desalojarnos de 
      estas tierras... En las actuales circunstancias la astucia vale cien veces 
      ms que la fuerza... Es decir, nuestra fuerza es casi la impotencia, por 
      poco que los indios acierten a organizarse, a aguerrirse, a adoptar un 
      serio plan de campaa. Son ciento contra uno, vuecencia lo sabe, y 
      resueltos y bravos como leones! Ah! nicamente en la astucia est la 
      salvacin, y yo, slo yo, puedo, con la ayuda de vuecencia, conservar 
      estas tierras a nuestro soberano!...
           -Pero, lo puedes en realidad? Te aceptarn los indios por su Inca?
           -Os lo repito: me han aceptado ya! Y para ponerme en accin, slo 
      espero que me deis vuestra venia. Yo tendr quietos a los feroces 
      calchaques, yo les arrancar sus tesoros!...
           Dominado, conquistado, embriagado, Villacorta pregunt con voz 
      trmula:
           -Qu debo hacer para ayudarte?
           -Ordenar secretamente a todos vuestros subalternos que no se me 
      moleste, haga lo que haga (preciso me ser, en efecto, infundir confianza 
      a mis presuntos vasallos), y que no se moleste tampoco a ninguno de mis 
      secuaces.
           Mercado y Villacorta decase entretanto que tan fabulosas promesas 
      bien valan la pena de hacer una tentativa, y no juzgaba tan descabellado 
      el plan de Bohrquez, en cuanto al sojuzgamiento de los indios, 
      semirrebeldes ya, por medio de la astucia. As, pues, no discuti ms y se 
      entreg al aventurero, pensando que siempre habra tiempo de ponerlo a 
      raya, si las cosas echaban por mal camino.
           -Bien -le dijo-. Podrs hacer lo que quieras hasta... qu tiempo 
      necesitas?
           -Lo menos tres meses.
           -Bien; quedas dueo de obrar como te plazca durante el trmino de 
      tres meses, al fin de cuyo plazo ver lo que has conseguido. Pero cuida 
      mucho de no desmandarte porque si se te va la mano, horcas habr, y muy 
      altas, en cualquier sitio en que te encuentres! Ve ahora en paz y tenme al 
      corriente de cuanto ocurra. [108]
           -Vuecencia comprender que no he de venir yo: sera venderme a los 
      indios que son recelosos y habilsimos en el espionaje, y que quizs ahora 
      mismo nos estn observando... vendr en mi lugar una mujer de mi entera 
      confianza, y en quien vuecencia debe confiar en absoluto tambin. Se llama 
      Carmen, y es mi... compaera, mi esposa...
           -Pues que venga ella.
           -No olvide vuecencia esas rdenes secretas: de otro modo no 
      arribaremos a nada!
           Y Bohrquez, haciendo una profunda reverencia, sali en seguida de la 
      habitacin y poco despus de la casa a cuya puerta lo aguardaba Sancho 
      Gmez, algo alarmado ya por su tardanza.
           -Marchan bien nuestros asuntos? -pregunt Sancho.
           -A pedir de boca. Sers rico, Sancho! Pero ahora djame, pues 
      podran observarnos -contest el aventurero alejndose en direccin al 
      rancho en que lo aguardaba Carmen.
           El soldado, haciendo conjeturas y soando grandezas, retirose hacia 
      su cubil, a tiempo que un sacerdote llegaba apresurada y sigilosamente a 
      la puerta del gobernador, y entraba despus de cerciorarse de que nadie 
      poda haberlo visto.



      VI
      EL JESUITA
           Un instante despus, el nuevo personaje estaba hablando 
      confidencialmente con el gobernador Mercado y Villacorta, en el mismo 
      despacho en que ste recibiera a Bohrquez.
           El padre Hernando de Torreblanca, un hombre de cuarenta y cinco aos 
      ms o menos, de figura varonil y ademanes resueltos, alto y delgado, 
      rostro enjuto y asctico de acentuados rasgos, nariz aguilea, ojos negros 
      que ora brillaban con extraordinario fulgor, ora se apagaban tras de los 
      prpados entornados con mstica uncin, y labios sutiles en que vagaba una 
      plida sonrisa que tanto poda ser doliente cuanto irnica. Daba la 
      impresin de un ave de presa, adormecida [109] a ratos. Jesuita, haca ya 
      aos que habitaba y recorra aquellas comarcas, predicando, observando, 
      gobernando quiz: decase, en efecto, que era inspirador y consejero del 
      obispo Maldonado, quien slo obraba de acuerdo con l y por su 
      insinuacin; que el clero todo de los valles, bastante numeroso ya, sin 
      embargo, le obedeca ciegamente, y que el mismo gobernador Mercado y 
      Villacorta no poda substraerse a su influjo, a pesar de sus ruidosas 
      veleidades de independencia, sus ostensibles pretensiones de gran 
      poltico, y su aparente afn de desligar lo divino de lo humano, dejando 
      el cielo para los sacerdotes de Dios, y guardndose la tierra para l. 
      Algn aventurero descredo, de los pocos de esta calaa que formaban en 
      sus filas, llegaba hasta decir que el gobernador y el padre Torreblanca se 
      daban por enemigos para entenderse mejor, y lo cierto es que nunca hubo 
      diferencias fundamentales entre la accin del uno y la del otro.
           Fuera esto por lo que fuere, el hecho es que el gobernador Mercado y 
      Villacorta cont aquella noche, muy por lo menudo, al padre Hernando, toda 
      su entrevista con el andaluz, para terminar pidindole luces y consejo.
           -Se podr confiar en ese hombre? -pregunt.
           -Los caminos del Seor son tan inescrutables! -contest evasivamente 
      el padre Torreblanca-. Pero -agrego en seguida-, no veo, por ahora, 
      peligro en dejarlo hacer, aunque con la condicin de observarlo y 
      vigilarlo cuidadosamente para poder detenerlo a tiempo, si el caso llega. 
      Estos hombres son tiles, si no para otra cosa, para explorar los 
      nimos... Y los indios se agitan en efecto, con el mayor sigilo, pero no 
      tanto que yo no haya sentido sus palpitaciones. Son, como dice nuestro 
      santo obispo Maldonado, los mayores idlatras que haya en estas Indias... 
      Se fingen cristianos y reciben el agua del bautismo, para continuar en 
      secreto su diablico culto al sol y a los dolos... Se fingen sumisos para 
      tramar sus planes con mayor tranquilidad, y dar el golpe sobre seguro... 
      Ah! son tan astutos, que me parece imposible que Bohrquez haya podido 
      embaucarlos, aunque sea el embaidor ms diestro que conozco... Eh!, se 
      harn los engaados, quin sabe con qu fin... quiz con el de hacer que 
      nos descuidemos... Ya lo averiguar... Ahora, [110] en cuanto a las minas 
      y tesoros de que habla... puede que existan y que los descubra, pero me 
      parece difcil... el oro y la plata que haba en esta regin, eran 
      exclusivamente los trabajados en forma de joyas y ornamentos, que el Inca 
      mandaba de regalo a sus vasallos principales. Lo que de eso quede ser 
      indudablemente poco... Ahora, es posible que algunas remesas no se hayan 
      enviado al Per, como de costumbre, despus de llegados los espaoles, de 
      temor a que cayeran en su poder... Eso puede haberse ocultado y enterrado. 
      En fin! lo referente a las minas es lo que ofrece ms probabilidades de 
      realidad, pero quiz se trate de minerales pobres, sin rendimiento...
           -Mirad estas muestras, reverendo padre -dijo Mercado, presentndole 
      las que le haba dejado Bohrquez.
           -S, no son malas, hasta pueden considerarse muy ricas -dijo el padre 
      Torreblanca despus de examinarlas atentamente-. Pero pueden ser 
      excepcionales: las muestras son por lo general elegidas entre las mejores. 
      Y, si as fuera, se necesitaran millares de obreros para explotar esas 
      minas.
           -Hombres es lo que sobra! -exclam el gobernador-. Ya los hacemos 
      trabajar donde el rendimiento es insignificante; con cambiarlos de sitio, 
      estara todo remediado.
           -En fin, all veremos. Por otra parte, qu son estos intereses 
      materiales frente a los elevados y santsimos de la obra moral que estamos 
      realizando?... Qu es la conquista de todo el oro del mundo, comparada 
      con el triunfo de la cruz?
           Mercado sonri. La conversin de los indios era cosa, si no del todo 
      indiferente, muy secundaria para l. Su propio podero, su propia riqueza 
      ocupaban el primer lugar.
           Y Bohrquez haba conseguido embriagarlo de tal manera, que las 
      prudentes dudas y las atinadas objeciones del jesuita respecto de los 
      tesoros, le parecan harto exageradas para ser tenidas en cuenta. De todos 
      modos, con tal de que el padre Torreblanca no se opusiera a sus 
      intentos... no tena nada ms que pedirle. No replic, pues: el tiempo se 
      encargara de descubrir la verdad, y l no perdonara medio de alcanzarla.
           -Entonces, padre -dijo, despus de una pausa-, no [111] juzgis que 
      me haya precipitado tomando una resolucin impoltica?
           -Lejos de ello, hijo mo, ya lo he dicho: as tendremos un ojo ms en 
      el campo enemigo, y eso constituye una inmensa ventaja, sobre todo en las 
      circunstancias presentes, y con adversarios tan astutos y sagaces.
           Se levant de la poltrona en que se haba sentado desde el principio 
      de la entrevista, y dirigindose hacia la puerta, exclam con voz 
      vibrante, mientras los ojos le brillaban en la penumbra, ms de arrebato 
      que por el reflejo de la luz mortecina del veln:
           -Podemos considerarnos en pleno estado de guerra. Vivimos en una 
      comarca resueltamente hostil. En tales condiciones todos los medios son 
      buenos! Sueas con tesoros, sientes la vulgar ambicin del metal 
      precioso! Ah! El tesoro de los indios es la tierra, son ellos mismos!... 
      Y se ya le tenemos! Ahora, hay que conservarlo!
           Volvi a imponer a su rostro la impasibilidad que haba perdido un 
      instante, baj los prpados sobre la hoguera de sus pupilas, pero al salir 
      del despacho todava repiti:
           -Hay que conservarlo!... a toda costa!



      VII
      EN CAMPAA
           Desde aquel da Bohrquez y Carmen se multiplicaron, sin contentarse 
      con enviar mensajes y chasques, pues recorran personalmente pueblos y 
      aldeas en son de propaganda. Luis Enrquez no era ya el representante, 
      sino el compaero y el segundo de Huallpa-Inca. Trabajaban a cara 
      descubierta: el secreto tan admirablemente guardado por un pueblo entero, 
      se abandonaba ya, como intil. Bohrquez mostrbase pblicamente en todas 
      partes, y arengaba al pueblo.
           -Vengo -deca siempre- a restablecer el bondadoso imperio y la 
      justiciera ley de mis antepasados! Sus nobles mximas sern mi nica 
      norma de conducta! -S! como [112] el gran Pachacutec, os repetir: 
      Cuando los sbditos y sus capitanes o curacas obedecen de buen nimo al 
      Inca, el reino goza de toda paz y quietud. -La envidia es una carcoma que 
      roe y consume las entraas de los envidiosos: el que tiene envidia de los 
      buenos, saca de ellos mal para s, como hace la araa al sacar su ponzoa 
      de las flores! -La embriaguez, la ira y la locura corren igualmente, slo 
      que las dos primeras son voluntarias y mudables, y la tercera perpetua. 
      -El que mata a su semejante, se condena l mismo a muerte! -De ningn 
      modo se deben permitir ladrones, y los adlteros que afean la fama y la 
      calidad ajenas, y quitan la paz y la quietud a otros, deben ser declarados 
      ladrones! -El varn noble y animoso es conocido por la paciencia que 
      muestra en las adversidades! -Los jueces que reciben ocultamente las 
      ddivas de los negociantes y pleiteantes, deben ser tenidos por ladrones!
           Y segua desarrollando stas y otras mximas dictadas por la 
      sabidura de los Incas del Per, y ajustadas al espritu de los 
      calchaques, para terminar su peroracin exclamando:
           -Ahora, decidme! cuntas veces caen los espaoles que nos sojuzgan 
      inicuamente, bajo el imperio de estas leyes, y debieran ser castigados? 
      No son ellos los perturbadores, los envidiosos, los llenos de vicios, los 
      torturadores y homicidas, los ladrones, los adlteros, los jueces venales, 
      arbitrarios y corrompidos? No han merecido cien veces la muerte?
           Los indios reciban con entusiasta arrebato estas palabras de 
      condenacin. Luego sonrean, cuando Bohrquez, irnico, haca mofa de la 
      proclamada superioridad de los espaoles:
           -Pretenden ensearnos, pretenden civilizarnos y lo que hacen es 
      detener nuestra industria, matar nuestra agricultura, hacernos volver a la 
      vida errante, esclavizarnos y embrutecernos con las mitas, el trabajo de 
      las minas, los quehaceres serviles con que nos convierten en bestias de 
      carga. Cul es su superioridad? La del escarabajo acorazado y fuerte 
      sobre la dulce abeja de nuestros bosques. Ah! pero nosotros tenemos el 
      aguijn: la flecha -y sus corazas no han de bastarle! Pretenden 
      ensearnos! y las mismas mximas principales de su religin son viejas 
      para nosotros! Quin no sabe que hay un poder ms grande que el del sol? 
      Quin [113] no venera a Pachacamac, el espritu de las cosas? Quin no 
      conoce las palabras del gran Topa-Inca-Yupanqui: El sol no es el hacedor 
      de todas las cosas, y no es libre: es como la res atada que siempre gira 
      en el mismo redondel, o como la flecha que va donde la envan y no donde 
      quisiera?...
           Estos discursos subversivos, que fomentaban el orgullo de la raza y 
      el odio al opresor, llegaban a odo de los espaoles; pero como stos no 
      trataban de reprimir y castigar al agitador, obligados a la pasividad por 
      el vido y ciego Villacorta, alcanzaban un xito cada da ms grande.
           -Mucho ha de ser el podero del Inca -pensaban los indios-, cuando 
      nadie se atreve a incomodarlo, aunque diga lo que dice!
           Por valles y montaas cunda de este modo la fama y popularidad de 
      Bohrquez, haciendo que de da en da, de hora en hora, creciera el nmero 
      grande ya de sus parciales. En cuanto a los caciques y curacas, si seguan 
      desconfiando del aventurero, saban disimularlo admirablemente. No era, 
      por otra parte, el disimulo su mejor arma de defensa bajo la opresin?
           Pero Bohrquez, aconsejado por Carmen, no tiraba de la cuerda hasta 
      que se rompiera, y cuidaba de mantener siempre vivas las esperanzas del 
      gobernador. Sin embargo, elemento agitador y perturbador de primer orden, 
      faltbale la vista clara y el cerebro organizado de un gran caudillo: como 
      el nio curioso, era capaz de desarmar una mquina, pero no de armar otra 
      con sus piezas; admirable instrumento si hubiera estado en manos de un 
      hombre genial, resultaba intilmente destructor entregado a sus propias 
      fuerzas. Carmen no bastaba para inspirarlo y dirigirlo: aunque ambiciosa, 
      inteligente y hbil, faltbale tambin cultura, espritu sinttico, 
      experiencia... Sin embargo, saban ver y burlar los peligros del presente, 
      aunque el futuro, hasta el ms inmediato, les quedaba completamente en la 
      sombra.
           Carmen visit varias veces a Mercado y Villacorta en nombre de 
      Bohrquez, alucinndolo con nuevas promesas y con la reiteracin de las 
      anteriores. El descubrimiento de las huacas y tesoros era cosa 
      inminente... Tambin se tena la seguridad de reabrir el antiguo camino al 
      Gran Paitit, [114] el reino portentoso a que se haban tirado los Incas 
      con sus ingentes riquezas; la Ciudad de los Csares caera tambin en sus 
      manos... Pero haba que tener paciencia, esperar, captarse la absoluta 
      confianza de los indios...
           El noble caudillo se prend de la mestiza, siguiendo su natural 
      inclinacin a los devaneos, y al verla embellecida por sus nuevas galas. 
      -Carmen no desdeaba la coquetera, y aprovech su cambio de posicin y 
      los presentes con que se la colmaba en todas partes, como a la Coya esposa 
      del Hijo del Sol. Y la gracia, el despejo y los favores de la joven, no 
      influyeron poco para que fuera alargndose indefinidamente el plazo 
      perentorio de tres meses concedido al andaluz para el descubrimiento de 
      los tesoros y huacas -concesin muy acertada al parecer, pues a pesar de 
      sus discursos, el falso Inca mantena la paz entre los indios, que 
      acataban visiblemente su autoridad... Es de observar que, despus del 
      primer perodo de violenta agitacin, Bohrquez, sin abandonar su tctica 
      revolucionaria, la complement aconsejando no ya slo el secreto, sino 
      tambin una fingida y completa sumisin a los espaoles, aun con aparente 
      detrimento suyo.
           -Inca l! -exclamaban los indios aleccionados, all donde pudieran 
      orlos-. No tenemos ms Inca que el rey de Castilla y de Len!...
           Esta estratagema fue adormeciendo a los espaoles, a quienes el 
      verano abrasador no tard en amodorrar del todo, dejndolos en la dulce 
      indolencia a que los invitaba el clima, inclinaba el carcter, y 
      arrastraba la molicie de la vida, con tantos siervos encargados de atender 
      a sus necesidades.
           En cambio, los indios perseveraban entusiastas en el sigiloso trabajo 
      que iba rodeando y envolviendo a sus enemigos en una telaraa cada da ms 
      apretada y resistente. Los chasques, las humaredas, tenanlos en 
      comunicacin rpida y continua. Telegrafibanse por medio de los humos, de 
      pueblo en pueblo y de tambo (posada) en tambo, siempre al corriente de 
      todas las noticias y con el mismo propsito libertario. Su silenciosa y 
      universal actividad, armonizaba con el descuido espaol, universal y 
      silencioso tambin. [115]



      VIII
      EL NUDO DE LA INTRIGA
           El nico que no dorma en el campo de los conquistadores, aunque 
      tampoco hiciese el menor ruido, era el padre Torreblanca. Recorra los 
      valles, so pretexto de mansa evangelizacin, observando y escudrindolo 
      todo, y como si esto no bastara, muchas gentes astutas y hbiles estaban 
      por l encargadas de informarlo. Servase -como lo confiesa otro 
      sacerdote, aunque no de la misma orden- de algunas indias viejecitas, 
      buenas cristianas y espaolizantes, que todos los das y con diversos 
      pretextos, repartanse en varios rumbos, sin dar sospechas -porque son muy 
      finas y solapadas, con perfecto disimulo saben introducirse donde quiera 
      como seres invisibles, y penetran los ms ocultos secretos. Los otros 
      jesuitas coadyuvaban a la accin del padre Torreblanca. Por indicacin de 
      ste, y despus de una excursin informativa, el padre Eugenio de Sancho 
      escribi al gobernador Mercado y Villacorta, ponindolo sobre aviso, desde 
      el pueblo de Santa Mara de los ngeles, en el valle de Jocavil. La carta, 
      fechada el 13 de abril de 1657 -diez meses despus de la secreta 
      entrevista de Bohrquez con el gobernador-, comunicaba a ste, que el 
      general (que as tambin comenzaba a llamarse al aventurero) haba 
      llegado casi en brazos de los curacas que, al saber su presencia en 
      Choromoro, corrieron desolados en su busca. De Choromoro -continuaba el 
      fraile-, con alborozos y regocijos extraordinarios, le condujeron al 
      pueblo de Tolombn, y de all a los dems pueblos del valle, festejndolo 
      y aclamando su llegada, como lo hubieran hecho con uno de sus antiguos 
      Incas, cuya sangre reconocan en l...
           No dej de alarmarse Mercado, pues la carta, aunque circunspecta, iba 
      encaminada a ello, y envi un emisario a Bohrquez, llamndolo a su 
      presencia. Como de costumbre, Carmen acudi solcita, con sus mejores 
      galas y ms eficaz hechizo. Y el estribillo se repiti: [116]
           -Vuecencia no debe extraar lo que acontece -dijo resueltamente a 
      Villacorta-. Es lo previsto y convenido de antemano, sin variante alguna. 
      Los curacas recelan todava -y hay que confesar que con razn!... Si no 
      logramos desvanecer hasta sus ltimas dudas -a lo que va encaminado cuanto 
      hace Bohrquez-, jams sabremos dnde ocultan sus tesoros.
           -Pero yo s dnde ocultas t los tuyos! -exclam a esta sazn 
      Villacorta, ya tranquilizado, deteniendo a la mestiza, que aparentemente 
      quera retirarse, pero a quien su antigua profesin de pampayruna tena ya 
      curada de espanto, pese a su amor por Bohrquez...
           A la maana siguiente, y cuando Carmen sala de casa del gobernador, 
      hallose de manos a boca con Sancho Gmez.
           -Hola, buena moza! -grit sarcsticamente el soldadote, fingiendo 
      buen humor-. Parece que se madruga!
           -Es la costumbre -replic la mestiza sin turbarse.
           -Poco ha de costar, cuando se duerme entre sbanas de Holanda y... en 
      buena compaa.
           -No s lo que quieres decir -contest Carmen, mirndolo bien al 
      entrecejo con ojos de desafo.
           Sancho Gmez se encoleriz:
           -Lo que quiero decir es que se olvida demasiado a los amigos -dijo 
      con voz reconcentrada.
           -Y eso?
           -Y que los amigos pueden revelar muchas cosas al gobernador: entre 
      ellas, que el Inca no es Inca, ni Bohrquez Bohrquez, y que cierto 
      Chamijo o Clavijo...
           -Todo eso se lo dijiste ya -contest Carmen, fra como el hielo-. 
      Huelga la amenaza.
           -Puedo repetirlo a los padres...
           -Lo saban antes que t.
           -Lo dir a los vecinos!
           -Los vecinos obedecen, no mandan!
           -Lo proclamar a los indios!
           -Ya es pblico y notorio... Qu ms quieres decirme, Sancho Gmez?
           El soldado tirose desesperadamente el bigote y las barbas, mordiose 
      los labios y por ltimo consigui rugir: [117]
           -Sois un par de bribones!
           -No faltaras t para el terno, si quisiramos -dijo la mestiza 
      encogindose de hombros y alejndose de Gmez que qued masticando entre 
      espumarajos la posible y dulcsima venganza...
           Las cosas siguieron, pues, el mismo curso, y Mercado sola olvidar la 
      intriga del falso Inca descubridor de tesoros, distrado por sus continuos 
      viajes, en uno de los cuales el obispo fray Melchor de Maldonado y 
      Saavedra quiso abrirle los ojos con sensatas y agudas palabras:
           -Me consta -le dijo- que los hijos de los valles calchaques no 
      amaron ni conocieron al Inca, sino sujetos con cadenas! Menos lo 
      reconocern muerto, hijo mo! Convncete: aunque sepan que todo esto es 
      fbula, quieren servirse de ello contra nosotros!
           Don Alonso hizo algunas objeciones, balbuce distingos... El obispo, 
      desalentado, le contest con una de las frases latinas que tanto 
prodigaba:
           -Quos vult perdere Jovis dementat prius!
           Pero si Dios enloquece previamente a los que quiere perder, la verdad 
      es que Mercado -tanto como el mismo Bohrquez- tena la mano forzada por 
      los acontecimientos que provocara sin saberlos prever. Ya no era tiempo de 
      volver atrs. La red tendida por los caciques y curacas, aprovechando la 
      aventura del andaluz, abarcaba el pas entero, desde Crdoba hasta 
      Humahuaca (cabeza de dolo), desde el Chaco hasta los Andes. Las 
      poblaciones, nmadas de nuevo, despus de adquirir mayor grado de 
      civilizacin -y cuando ya eran agricultoras y manufactureras- a causa de 
      persecucin y tirana de los conquistadores, haban vuelto a ser, por 
      consiguiente, ms aptas para el oficio de la guerra, y sus hombres de 
      armas tomar comenzaban a dedicarse al merodeo, asaltando chasques y 
      desvalijando viajeros... La creciente inseguridad de la campaa haca que 
      en ciudades y pueblos se viviera con el Jess en la boca, y que los falsos 
      rumores, las alarmas infundadas, los sobresaltos y las agitaciones no 
      tuvieran tregua... Un paso en falso poda, pues, precipitar el estallido 
      de la rebelin latente, de [118] la sublevacin inevitable... salvo la 
      augusta y suprema voluntad de Bohrquez, Huallpa Inca!...
           De regreso a Londres, el gobernador volvi a llamar al aventurero. 
      Tambin esta vez acudi Carmen, pero con instrucciones precisas.
           -Todo est a punto -dijo a Mercado-. Los indios no recelan ya, pero 
      antes de entregarse por completo al Inca ponen una condicin...
           -Dila.
           -Quieren un triunfo aunque sea parcial sobre la autoridad espaola, 
      para creer en la de Bohrquez...
           -Y qu triunfo puede ser se? -exclam Mercado con irritacin.
           -No se trata de nada tan difcil como vuecencia parece creerlo.
           -Un triunfo de sus armas? No lo consentir mientras aliente!
           -No hay tal necesidad! Que vuecencia le reconozca como Inca, y que 
      por tal le reciba oficialmente en Londres, rodeado de su corte de curacas.
           El gobernador dio un paso atrs ante la enormidad de la exigencia.
           -Lo consultar -murmur al cabo de un rato de profunda cavilacin.
           La mestiza insisti, adulando:
           -Vuecencia resolver... l es el ms sabio, y sus resoluciones 
      siempre las mejores!
           -Debo consultarlo! -repiti don Alonso.
           Carmen, como si recordara un punto incidental y secundario, murmur:
           -El da que el Inca sea reconocido, los curacas revelarn a quien l 
      seale, la situacin exacta de varias minas y tesoros: lo han jurado por 
      Illapa, el dios del rayo, y no faltarn a tan terrible juramento!..
           Villacorta vacilaba, perplejo.
           -Qudate unos das en Londres, y te contestar -dijo por fin-. Tengo 
      que consultarlo, debo consultarlo... no puedo obrar de otro modo!
           -Vuecencia tiene de su parte el saber, la autoridad y... [119] la 
      responsabilidad misma. A nadie sino a vuecencia incumbe esto; nadie, sino 
      vuecencia, puede resolver...
           -Quiero consultar, meditar -contest el gobernador, casi vencido-. 
      Sea como sea no dejes de venir esta noche.
           -Tendr la respuesta favorable?
           -Eh! de algo hablaremos, en cualquier caso.
           Cuantos consult Mercado al da siguiente, hijosdalgo y gente de 
      chupa corta, soldados y religiosos, se mostraron contrarios al pedido de 
      Bohrquez, protestando de todo convenio con el falso Inca, y declarando 
      que ya se haba ido demasiado lejos en el camino de los desaciertos 
      comprometedores. El anciano capitn don Pedro de Soria y Medrano -cuya 
      descendencia vive y brilla an entre nosotros-, caballero venerable, de 
      consejo e influencia, fue el ms resuelto condenador de Bohrquez.
           -Por mucho que confiis en ese titiritero -dijo a Mercado, entre 
      otras cosas-, siempre ser un personaje de feria. Y no comprendis que 
      puede verse, y se ver sin duda, en el caso de elegir entre la muerte 
      ominosa del traidor, infligida por los indios, o la insurreccin contra el 
      poder de Espaa, que es traicin tambin, pero cuyo castigo sera siempre 
      ms tardo? Los hombres de su estofa no vacilan: eligen el camino de su 
      seguridad, aun a costa de dejar en l su honra hecha jirones!...
           Carmen volvi a la carga sin desmayo, y tanto hizo, de tal modo 
      embriag al gobernador con fantasmagricas evocaciones de grandeza, 
      riquezas y podero, que ste, a despecho de todos los consejos y todos los 
      vaticinios, acab por decirle:
           -Bien! Que Bohrquez aguarde! Maana me marcho a Rioja y Crdoba, 
      pero antes de mi regreso le enviar un propio, sealando el da de la 
      recepcin... Tal es mi voluntad, pues no quiero que la envidia me detenga 
      en mi camino!
           En este juego de intrigas, falsedades y corrupciones, los indios no 
      se haban dejado embaucar tampoco sino en apariencia, y saban 
      positivamente quin era Bohrquez, pero lo consideraban inapreciable 
      instrumento de sus fines, como lo viera con ingenua sagacidad el obispo 
      Maldonado, y [120] con ojo de cndor el padre Torreblanca, quien deca 
      para s, tras del divide ut imperes, algo menos clsico pero exactsimo en 
      la circunstancia:
           -La sublevacin es inevitable, pero con un jefe como Bohrquez, 
      necesariamente fracasar. Ah no hay cabeza sino labia y audacia. Bueno 
      es, pues, que el mando quede a este charlatn, embaidor e ignorante... 
      Dar coces al aguijn... Y aunque perezcamos en una de ellas... la obra se 
      salvar.
           Y el padre Torreblanca no se opuso nunca al engrandecimiento del 
      andaluz; pues, en definitiva, los frailes fueron quienes conquistaron 
      Amrica para Espaa...
           En suma, Bohrquez trataba de embaucar al propio tiempo a los indios 
      y los espaoles; el gobernador Alonso de Mercado y Villacorta quera 
      servirse de los indios, los espaoles y Bohrquez; los indios se 
      esforzaban por utilizar a Bohrquez, el gobernador y los espaoles, por 
      consiguiente, hasta hallarse en buen pie de guerra y el padre Torreblanca, 
      que vea esto tan evidente cual si estuviera impreso en su breviario, 
      pensaba que todo ello redundara fatalmente en la grande obra de que era 
      silencioso e importantsimo colaborador.
           Pero, en cambio, si don Alonso y Bohrquez estaban ciegos, los 
      astutos curacas vean tan claro como el jesuita: no en vano estaban hechos 
      al gobierno de hombres tan listos y disimulados, no en vano soaban 
      tambin con una grande obra. Sus espas estaban en todas partes, hasta en 
      el seno mismo de las familias espaolas, hasta en los cuarteles y cuerpos 
      de guardia, en el presidio del Pantano, en los fuertes: qu! hasta en los 
      consejos, hasta en el propio gabinete del gobernador.
           Porque -como dice un historigrafo- no hay raza que aventaje a estos 
      indios en astucia, actividad, disimulo y unin; y cosas he visto que me 
      hicieron suponerlos, ms que hombres, duendes, si existiesen stos.
           Servirse de Bohrquez, valerse de sus conocimientos tcticos (pues 
      como espaol deba poseerlos, a juicio de los indios), apoderarse de las 
      armas de fuego que sin duda sabra procurarlas, y mantener dormidos y 
      confiados a los conquistadores; tal era su plan, cuyos preliminares no 
      tardaron en comenzar a cumplirse. [121]
           Cierto da, en efecto, lleg a Bohrquez un mensajero comunicndole 
      que en la primera quincena de julio sera solemnemente recibido en Londres 
      por el gobernador Mercado y Villacorta, con todos los honores debidos a su 
      rango. Los chasques comenzaron a cruzar la campaa, convocando a curacas y 
      caciques; los humos de antemano convenidos, trasmitieron en pocas horas la 
      noticia, del uno al otro confn del Tucumn, y Bohrquez no tard en verse 
      en Andalgal, donde estaba, rodeado por numerosa corte, representativa del 
      pueblo entero.
           Con ciento diecisiete caciques psose en camino, pero en Pilciao, 
      otro enviado del gobernador le pidi, en nombre de ste, que se detuviera 
      all, hasta tanto se terminaran los preparativos de la recepcin, que eran 
      grandes y exigan tiempo.
           Una semana entera permaneci la corte incsica alojada regiamente en 
      Pilciao por cuenta de la corona de Castilla y de Len...



      IX
      LA RECEPCIN DEL INCA
           Mercado y Villacorta, entretanto, haba llegado de Crdoba a Londres 
      reventando caballos y tomando por el terrible atajo de Quilino -tumba de 
      tantos viajeros audaces- slo por ganar unas cuantas horas.
           Una vez en Londres organiz fiestas realmente fastuosas para el lugar 
      y las circunstancias, cit ms que invit a cuantos hidalgos y sacerdotes 
      habitaban en las cercanas, convoc a los vecinos de Rioja y al valle de 
      Catamarca, y retir ochenta soldados del presidio de Andalgal, para que 
      sirvieran de guardia de honor.
           Por fin, el 30 de julio de 1657, Bohrquez y su squito llegaron 
      pomposamente a la vista de Londres. Mercado sali al encuentro del falso 
      Inca, vestido de gala, a caballo, con numeroso cortejo de hidalgos, 
      capitanes, clero, soldados y pueblo. ste se aglomeraba en torno de los 
      seores, vitoreando [122] unos al Inca, otros al gobernador, pero 
      fraternizando indios y espaoles. Tuvieron que desandar cerca de una legua 
      para volver a la ciudad, adornada con banderas, follaje, bordados y 
      colgaduras, como para una procesin del Corpus. Una vez all, frente a la 
      iglesia, Bohrquez dio un golpe de efecto que llevaba preparado, y que 
      desarm muchas resistencias: algunos indios provistos de tijeras, 
      acercronse a los curacas que, fingidamente sumisos, se dejaron cortas las 
      largas melenas -acto que en otros tiempos bastara por s solo para 
      provocar una sangrienta y larga insurreccin, y que en aquel momento era 
      un soberbio ardid para bien de la causa india y adormecimiento de los 
      espaoles...
           -Ay! -exclam amargamente el obispo Maldonado que presenciaba la 
      ceremonia- estribar en que se cortan los cabellos, cuando todos los das 
      se los cortan!...
           La comitiva entr luego en la iglesia, entre vtores de pueblo, para 
      asistir a las solemnes vsperas de San Ignacio celebradas por los padres 
      jesuitas Torreblanca, Eugenio de Sancho y Patricio Perea. El Inca ocup, 
      como sitio de honor, un almohadn del lado de la Epstola, junto al altar, 
      y terminada la funcin religiosa fue acompaado hasta su alojamiento en el 
      Cabildo por el mismo Mercado y Villacorta, los sacerdotes, los notables, 
      la milicia, el pueblo...
           Comilonas, aloja y chicha a discrecin fueron aquella tarde y noche 
      obsequio para los huspedes y vecinos alborozados, cuyo entusiasmo 
      ficticio subi de punto, y desde el da siguiente hubo fiestas y 
      algazaras, que los cronistas exageraron despus a porfa, sin temor al 
      anacronismo, y equiparndolas por lo menos a los festivales que en aquella 
      poca se celebraban en la misma corte de los cristiansimos reyes de 
      Castilla y de Len.
           Pero no es menos cierto que indios y espaoles rivalizaban en 
      demostraciones de satisfaccin y fino amor de respeto, aunque 
      probablemente con reservas mentales de una parte y otra.
           Y mientras la gente de tnica y la de chupa corta se entregaban a la 
      alegra y a la chicha de maz, remojando los grandes bocados de patay y 
      otros manjares del tiempo [123] y la regin, en el Cabildo de Londres 
      comenzaron las solemnes conferencias en que Bohrquez representaba, solo, 
      al pueblo calchaqu, reuniones que presida el gobernador de Tucumn, don 
      Alonso de Mercado y Villacorta, asistido por su secretario, don Juan de 
      Ibarra Velzquez, y a las que concurran con voz y voto, Su Seora 
      Ilustrsima fray Melchor de Maldonado y Saavedra, los ya citados jesuitas, 
      el cura Aquino, del Valle de Catamarca, el licenciado don Cristbal de 
      Burgos, doctrinante de los naturales, el licenciado presbtero don Pedro 
      de Villafae, el vicario y juez eclesistico del Valle Viejo, maestro don 
      Nicols de Herrera, los capitanes don Pedro de Soria Medrano, Juan de 
      Ceballos Morales, Oliver, el teniente don Francisco de Nieva y Castilla y 
      otros hidalgos y vecinos principalsimos de Londres, Rioja, Santiago y 
      Valle de Catamarca.
           El gobernador inici las conferencias diciendo que la exaltacin de 
      Bohrquez era no slo la mejor, sino quiz la nica garanta de paz en tan 
      comprometidos momentos; que los espaoles no lograran sojuzgar a los 
      naturales si stos se rebelaban, y que, en cambio, el falso Inca poda 
      mantenerlos quietos, y lo que es ms, obligarlos a convertirse a la santa 
      religin catlica, abandonando su infidelidad e idolatra...
           Bohrquez abund en razones anlogas: declar que su nico conato era 
      establecer de una vez para siempre el imperio de la Santa Cruz. Pero cuid 
      de evocar acto continuo la embriagadora fantasmagora de los tesoros, las 
      minas y las huacas. Conquist, arrebat, enloqueci a gran parte de su 
      auditorio. Sin embargo, no logr amordazar todas las opiniones contrarias, 
      a despecho de Villacorta. Y cuando se trat de su reconocimiento como 
      Inca, la discusin lleg a ser acre y violenta.
           -No cabe vacilacin! -gritaba el gobernador- puesto que ese ttulo 
      dado a este hombre nos abre todos los caminos, afirma la paz, nos entrega 
      los indios. No drselo es declarar la guerra... Y la guerra es nuestra 
      muerte!
           -No hay ms Inca que Su Majestad el rey de Len y de Castilla 
      -vocifer el anciano capitn don Pedro de Soria y Medrano-. Dar ese 
      ttulo a otro hombre cualquiera, es [124] hacerse reo de lesa majestad, 
      cometer el delito de alta traicin!
           Esto enfri un tanto a los partidarios del reconocimiento, pero 
      Bohrquez supo tentarlos otra vez. Sin embargo, cuando hablaba de los 
      inmensos beneficios que la religin alcanzara, el modesto cura Aquino lo 
      desconcert con esta interrupcin:
           -Y cmo se quiere, puesto que este hombre no es Inca, alzar sobre 
      una notoria mentira la majestad de la divina Verdad?
           Pero, aprovechando el helado silencio que esta objecin ingenua y 
      perentoria haba producido, el padre Torreblanca inclin el platillo, 
      murmurando entre un suspiro, y de modo que se le oyera:
           -Por todas partes se va a Roma!
           Esta oportuna imitacin del clebre Paris vaut bien une messe, 
      decidi el triunfo del codicioso gobernador y el audaz aventurero. La 
      asamblea, aunque por escasa mayora, resolvi lo siguiente:
           Pedro Bohrquez volvera al valle de Calchaqu, para fomentar con su 
      enorme prestigio el progreso de la religin cristiana y de la monarqua, y 
      en compensacin se le daba, en nombre del gobierno de Su Majestad, 
      jurisdiccin de teniente gobernador, Justicia Mayor y capitn de guerra, y 
      se le permita usar el ttulo de Inca y sus insignias y vestiduras.
           Realmente indescriptible por lo profundo y silencioso fue el regocijo 
      de los indios: tenan una cabeza visible, un lazo vidente de unin! Y su 
      entusiasmo subi aun de punto cuando el gobernador Mercado y Villacorta 
      envi a Bohrquez un traje esplndidamente bordado, procedente del Per, 
      un llautu de oro coronado por el sol, y el chonta de mando con el smbolo 
      de Chasca, el Lucero! Tanto pueden las apariencias... aunque en este 
      caso las apariencias tenan una invisible pero enorme base de realidad!
           Bohrquez, entretanto, siguiendo la comedia, hizo que varios curacas 
      dieran al gobernador falsos derroteros de huacas y tesoros -uno de ellos 
      precisamente en un pueblo adicto al espaol, para unir la burla al engao. 
      Mercado se [125] content por el momento con esos datos al parecer 
      positivos y mand practicar excavaciones...
           La despedida del falso Inca fue tan esplndida como su recepcin. 
      Bohrquez triunfaba, sin mirar al da siguiente. Slo pas un momento 
      amargo cuando ya iba a salir de Londres.
           -No hay huacas, seor don Pedro -le dijo el obispo Maldonado, 
      dndole a besar el anillo- y los tesoros que nos han de dar son 
flechas!...



      X
      EN LA PENDIENTE
           Enrquez no haba asistido a las fiestas de Londres, y Carmen las 
      presenci, fue sin llamar la atencin de nadie ni tomar parte activa en 
      ellas. Pero cuando Bohrquez sali de la ciudad, volvieron a reunirse los 
      tres, Carmen con la aparente impasibilidad de costumbre, el andaluz 
      enorgullecido y pomposo, Luis inquieto.
           Bohrquez acab por notar la preocupacin de su segundo y le 
pregunt:
           -Qu tienes? en qu piensas?
           -En algo muy grave -contest solemnemente el mestizo-. Tengo una 
      misin para ti...
           -De quin?
           -De los curacas y caciques.
           -Qu piden?
           -No piden nada. Declaran que ha llegado el momento de prepararse y 
      lanzarse a la guerra.
           Bohrquez palideci, mirando a Carmen, silenciosa.
           -Desde cundo -exclam por fin- los vasallos envan a sus soberanos 
      declaraciones que son rdenes?
           -Desde que los soberanos mandan slo en virtud de compromisos 
      contrados.
           -Y si yo no hiciera caso de esa declaracin? [126]
           -Quiz te fuera en ello la vida.
           -Es esto una amenaza? -grit Bohrquez.
           -Es! -contest fra y lacnicamente Enrquez.
           El andaluz se estremeci, pero an acert a balbucir:
           -No olvides en tu insolencia que nuestra ley condena tambin a 
      muerte a los traidores y a los blasfemos del Sol y del Inca!
           -Soy mandado -replic Luis, ms bien corroborando que retirando la 
      amenaza.
           Cuando quedaron solos, Carmen aconsej a Bohrquez:
           -Plegarte a su voluntad es el nico camino que te queda -le dijo-. 
      Los espaoles van a reclamarte los tesoros y qu piensas que harn, 
      cuando no se los des, como no puedes drselos? Sin la guerra, o te 
      asesinan los calchaques o te ahorcan los espaoles: no tienes escape, 
      pues en ltimo caso, los mismos indios te entregaran! Con la guerra, es 
      otra cosa! Contando con millares de partidarios, puedes triunfar, 
      consolidarte, ser Inca de veras, y en las circunstancias peores, negociar 
      con Villacorta, sacar ventajas para ti, para m, para los tuyos, y 
      retirarte en seguridad y con riquezas...
           -No sera mejor marcharse, huir de aqu? -tartamude Bohrquez 
      aterrado ante el cuadro que se ofreca a su vista.
           -Demasiado tarde! Y a dnde iras? Al Per, a Chile, donde te 
      aguardan la crcel o el cadalso? A Buenos Aires, en que te alcanzara la 
      venganza de Villacorta? Al Chaco, donde nos moriramos de hambre?...
           -Qu fatalidad! -murmur el aventurero, entreviendo por primera vez 
      la magnitud de la empresa que haba acometido, sin luces ni carcter para 
      coronarla.
           -Ten nimo! -insisti Carmen-. La guerra es el mejor partido, y 
      quin sabe an todo lo que ganaremos con ella.
           sta fue su constante prdica durante la nueva campaa que 
      emprendieron de pueblo en pueblo, hasta llegar a Taf, de modo que cuando 
      el padre Torreblanca acudi apresuradamente a pedirle una entrevista en 
      dicho punto, Bohrquez estaba ya ms entero y pudo asistir a ella con su 
      habitual desparpajo e insolencia. [127]
           A las primeras frases del jesuita que le pintaba con vivos colores la 
      conflagracin del pas, donde cada da se producan choques sangrientos, 
      asaltos, saqueos y hasta verdaderos combates de que lo haca nico 
      culpable y responsable ante Dios y los hombres, el andaluz replic, lleno 
      de altivez:
           -Perdonad, padre, pero no tengo cuenta que daros!...
           El hbil sacerdote, vindolo todo perdido, an hall medio de 
      contemporizar, halagando la vanidad de aquel pobre hombre que pareca 
      tener en su mano los destinos del reino, y le arranc el consentimiento de 
      una conferencia con el gobernador.
           sta se celebr poco despus, y como para demostrar ms la debilidad 
      de Villacorta, vuelto en s de sus sueos de riqueza, y el 
      ensoberbecimiento del Inca y los suyos, el primero asisti con slo tres 
      personas de su comitiva, y Bohrquez con un gran estado mayor de curacas y 
      caciques. Pero afect sumisin y docilidad, en cambio. Prometi seguir 
      manteniendo la paz, mientras de l dependiera, y como Villacorta le 
      enrostrara el abuso de llamar caciques y curacas a consejo, sin 
      autorizacin suya ni asistencia de los Justicias espaoles, asegur 
      formalmente que no volvera a hacerlo.
           -Y vamos ganando tiempo! -se dijo.
           Nada adelantaba con eso, sin embargo, y debi pensar que perda 
      tiempo, pues no tena que esperar recursos ni refuerzos de afuera, al 
      revs de lo que pasaba a los espaoles, que podan recibirlos del Per o 
      del mismo Buenos Aires. Aqul, por el contrario, hubiera sido el momento 
      de obrar: todo el pueblo calchaqu estaba con las armas en la mano, pronto 
      a la primera seal, y jures y diaguitas rivalizaban en celo y entusiasmo.
           El gobernador se retir sin haber hecho alusin a los decantados 
      tesoros: ya estaba dolorosamente convencido de que iban a darle flechas, 
      como deca el obispo...
           Bohrquez, siempre irresoluto, no tard en tener un motivo ms de 
      perplejidad y temores, que Carmen no pudo desvanecer. Uno de sus 
      innumerables espas le llev una noticia aterradora: Sabedor el virrey del 
      Per de su coronacin, e indignado contra tan locos y comprometedores 
      procederes, [128] acababa de enviar al gobernador Mercado, orden formal y 
      perentoria de tomar a Bohrquez vivo o muerto, y enviar a Lima, bajo 
      segura custodia, su persona o su cabeza.
           Bohrquez se refugi sigilosamente en Tolombn, el sitio que ms se 
      prestaba a la defensa, en el corazn del valle Calchaqu, y a 1.600 metros 
      de altura, rodeado de quebradas misteriosas e inaccesibles cerros, y 
      centro de un pueblo de valerosos guerreros y diestros cazadores.
           Tolombn fue rpidamente fortificado con macizas pircas de piedra que 
      rodearon el pueblo, en cuyo centro se alz una vasta casa, para habitacin 
      del Inca, la Coya y su corte. Hicironse grandes provisiones de grano y 
      animales. Todas las huayras del pueblo y sus cercanas ardan fundiendo 
      hachas y puntas de flecha, que los indios mojaban luego en jugo de ccora 
      (cizaa) para comunicarles la mgica virtud de acobardar y hacer huir al 
      enemigo. Aguzbanse en la piedra las puntas de las lanzas de chonta que, 
      como desgarraban los tejidos al herir, dilacerando las carnes, los 
      espaoles creyeron siempre envenenadas. En las chozuelas consagradas a 
      templos de los dioses del trueno y del rayo, haba siempre centenares de 
      flechas clavadas en el suelo, formando cerco, que rociaban con sangre de 
      guanaco, y luego se llevaban, seguros de haberles comunicado mgico y 
      terrible poder.
           -Dije que os dara caones! -exclam Bohrquez cierto da-. Pues 
      voy a droslos!
           Hizo ahuecar con gran trabajo cuatro gruesos frreos troncos de 
      guayacn, que retob luego con cueros frescos y a los que puso sunchos de 
      cobre y hierro. Tales eran sus caones, que realmente hicieron fuego en 
      los ensayos, pero que deban resultar intiles por su poco alcance y su 
      resistencia casi nula.
           Completaba estas precauciones un servicio notabilsimo de observacin 
      y espionaje, que no dejaba escapar chasque ni mensajero de los espaoles, 
      por hbiles y astutos que fueran. As supo la insostenible situacin de 
      Mercado y Villacorta, tan precaria que con un fcil golpe de mano -que 
      Bohrquez no se atrevi a ordenar- los indios se [129] hubieran apoderado 
      de l y de los pocos soldados fieles que le quedaban. Tan graves eran las 
      circunstancias, que el Den y Cabildo del Tucumn escribieron pidiendo 
      ayuda al Presidente de la Real Audiencia de Charcas, y para convencerlo de 
      la urgencia le decan: De los ciento veinte hombres que sac el 
      gobernador de las ciudades de arriba, slo le quedan sesenta: los dems se 
      han ido por hallarse desarmados, hambrientos y mal gobernados, y temiendo 
      perecer. En las dems ciudades, pasa lo mismo.
           La autoridad espaola era ilusoria en toda la regin y casi hasta en 
      la misma imperial Potos, donde se gritaba: Viva el Inca, mueran los 
      mitas! -sublevndose contra la pesada y tirnica contribucin personal, y 
      en tal forma que los ministros del rey, temerosos de un estallido, 
      pusieron fuerte guardia en las lagunas para evitar que los indios soltasen 
      las aguas y destruyeran la ciudad, como les haba aconsejado Bohrquez.
           ste, entretanto, lejos de aprovechar la coyuntura, pasaba en 
      Tolombn una vida de prncipe relajado, entre concubinas y compaeros de 
      orga, triunfantes antes de haber luchado, y sin hacer caso de las 
      conminaciones de Carmen, las que atribua tontamente a sus arrebatos de 
      mujer celosa.      Restableci el antiguo culto al Sol, y cumpla con sus 
      ritos, ceremonias y sacrificios, con la gravedad de un saltimbanqui metido 
      a sacerdote. Un da mand construir un altar de piedra, acercose a l 
      solemnemente, rodeado por el pueblo lleno de uncin, puso sobre el ara un 
      manojo de flechas, hzose una herida en el brazo y salpicando con su 
      sangre el altar y las armas, grit con sacro entusiasmo:
           -Odio eterno al usurpador blanco! Guerra a muerte al espaol!
           Luego, entre aclamaciones, hizo una libacin sagrada con chicha de 
      algarroba (aloja) y postrndose con todos los suyos ante las flechas, las 
      ador...
           Estas ceremonias teatrales no dejaban de producir impresin en los 
      indios, tan numerosos, que los guerreros, solos, alcanzaban a dos mil 
      quinientos... [130]



      XI
      LA GUERRA
           El ensoberbecido Bohrquez no permaneca ya encerrado en Tolombn; 
      hizo muchas excursiones ms o menos lejanas, y una de ellas a visitar a 
      los quilmes, formidables guerreros cuya ciudad constitua una verdadera 
      fortaleza. Afectaba la forma de un sector, cuyos dos radios eran las dos 
      paredes de una quebrada, altas e inaccesibles. Las laderas de estas 
      montaas estaban reforzadas por parapetos y otras obras de defensa. Un 
      acueducto construido en el mismo cerro, a considerable altura, llevaba, 
      desde muchas leguas, el agua necesaria para el abastecimiento de la 
      poblacin. Todas las calles concurran al centro de la quebrada, formando 
      radios interiores del sector -disposicin admirable, pues en caso de 
      retirada ante el enemigo, el mismo retroceso de las fuerzas aparejaba su 
      concentracin-, como dice uno de los historiadores del Tucumn.
           Tambin fue a Famatina, donde los habitantes de Machigasta lo 
      recibieron con singular entusiasmo, menos el cacique Luis, ganado a la 
      causa espaola por el cura Herrera y Guzmn, y a quien el falso Inca trat 
      de hacer asesinar, recordando la desconfianza por l manifestada cuando el 
      comienzo de la insurreccin.
           Al bajar de Machigasta a Valle Vicioso, cumpli a Enrquez una de sus 
      promesas, hacindolo proclamar general en jefe de sus ejrcitos: de ese 
      modo el mestizo poda estar seguro de que se hara la guerra. Despus, 
      numerosos indios lo siguieron procesionalmente a Tolombn. En cambio el 
      cacique Luis de Machigasta, justamente irritado ante la frustrada 
      tentativa de asesinarlo, corri en busca del gobernador, para revelarle 
      los planes de su enemigo.
           -Bohrquez -dijo el cacique- se ha comprometido con todos los 
      caciques del Tucumn, y va a lanzarse inmediatamente a la guerra! [131]
           Ay! Harto lo saba Mercado y Villacorta! Harto, tambin, comprenda 
      su impotencia, cuando no haba intentado siquiera apoderarse del 
      taumaturgo, por la fuerza o por la astucia, y aunque hubieran vuelto a 
      llegarle del virrey del Per nuevas y ms imperativas rdenes de prenderlo 
      o matarlo...
           Pero, entre la espada y la pared, resolviose a hacer lo que fuera 
      humanamente posible. Por lo pronto orden al teniente Nieva y Castilla que 
      reforzara el presidio del Pantano, y construyera un nuevo fuerte espaol 
      en Andalgal, ya famoso por las obras hidrulicas de los indios, as como 
      por sus construcciones, especialmente las militares, y para tal empeo 
      diole apenas veinte hombres mal armados del valle de Catamarca. Mand, por 
      otra parte, al capitn don Juan de Ceballos Morales que con su escasa 
      tropa vigilara la frontera de San Miguel, por Taf y Choromoros, y pidi 
      en seguida fuerzas a Rioja, al Per, a los que tenan y a los que no 
      tenan...
           Luego pens en sorprender a Bohrquez en alguna emboscada, y para 
      lograrlo mandolo invitar a una conferencia en la que se hablara de las 
      minas y de la conversin de los indios... Bohrquez contest sencillamente 
      que estaba enfermo. Mercado enviole entonces dos representantes para 
      tratar la paz. Bohrquez los desair, dejndolos plantados mientras se 
      haca conducir en andas hacia el ara que haba erigido al Sol, en la que 
      sacrific vestido de Inca...
           Villacorta invitolo entonces por tercera vez y en trminos que 
      significaban una conminacin. El falso Inca, comprendiendo que desairarlo 
      esta vez equivaldra a una franca declaracin de guerra, reuni su consejo 
      y le expuso lo que ocurra. Slo se alz la voz de un anciano curaca, 
      sintetizando la opinin de todos los dems.
           -Precisamente, la guerra es lo que queremos! -dijo-. Pero ten 
      entendido que si asistes a esa conferencia, te declaras vencido sin 
      combatir y corrers la suerte de los vencidos!
           La invitacin fue rechazada, y Mercado no pudo por entonces vengar la 
      nueva afrenta: falto de tropa, sin municiones, rodeado de gente 
      desalentada, descontenta de l, no le [132] era posible lanzarse al asalto 
      de Tolombn. Y cmo hacerlo, cuando apenas si contara con cien hombres 
      mal armados para hacer frente a un ejrcito -pues tanto haba crecido- de 
      cinco mil indios valerosos, resueltos, fanatizados?...
           Pero sali de Londres al frente de un miserable grupo de soldados. No 
      se saba dnde iba, y los vecinos de la ciudad comenzaban a exclamar con 
      sarcasmo, creyendo que hua:
           -Qu Villacorta! Villadiego ser!
           La frase amarga y cruel se hizo popular, y hasta fue convertida en 
      coplilla que sigui repitindose mucho tiempo:
                         Lo que le importa
            es huir del fuego,
            a Villacorta
            de Villadiego....

           Todos los caciques recibieron y aceptaron en aquellos das la flecha 
      de la alianza. Los humos dieron la seal de guerra. Temiendo todava la 
      influencia de los jesuitas, o puede que por un resto de piedad, Bohrquez 
      despach a los padres Eugenio de Sancho y Patricio Perea de sus misiones 
      de San Carlos y Santa Mara, con el pretexto de que fueran a pedir indulto 
      para l. En cuanto se marcharon, los indios asaltaron, saquearon e 
      incendiaron las solitarias misiones...
           Ya en plenas hostilidades, y para infundir mayor entusiasmo a los 
      suyos, Bohrquez hizo correr la voz de que los franceses sitiaban a Buenos 
      Aires, y que los espaoles de Calchaqu saldran a defenderla, dejndoles 
      completamente libre el campo.
           En seguida envi quinientos hombres sobre el fuerte de Andalgal, 
      hacindolos apostar en una angostura estrechsima hacia Londres, para 
      impedir el paso al capitn Nieva y Castilla, que contaba apenas con 
      ochenta hombres. Quinientos mand a Salta, a atacar al gobernador que se 
      supona all. Quinientos tena en Tucumanhao. Ms de mil envi a las 
      fronteras del Tucumn, vigiladas por el capitn Ceballos Morales, quien 
      con ms arrojo que cordura los atac y fue derrotado, teniendo que dejar 
      el paso libre a [133] los indios que llegaron a devastar las estancias de 
      Choromoros...
           Londres estaba abandonado, mientras los calchaques paseaban sus 
      armas triunfantes por Choromoros y Acay, mientras las poblaciones de 
      Tucumanhao, Abimanao, Ampache y Aquingasta, rechazaban denodadamente el 
      formidable ataque de los espaoles mandados por el capitn Arias 
      Velzquez, y mientras el gobernador, con sesenta soldados apenas, 
      permaneca indeciso y perplejo en la quebrada del Escoype...
           Los machis, para enardecer del todo a los guerreros, les recordaban 
      que las estrellas ms resplandecientes eran los espritus de los curacas 
      muertos, y prometan igual suerte a cuantos cayeran combatiendo por la 
      independencia y libertad de su suelo. Y mientras los indios cobraban mayor 
      confianza cada vez, los espaoles tenan la derrota por segura, con tanta 
      mayor razn cuanto que, para disimular sus prdidas, los indios recogan y 
      ocultaban sus muertos aun en lo ms recio del combate, y las balas 
      parecan resultar intiles...
           Por fin, siguiendo el consejo del padre Torreblanca, que no lo haba 
      abandonado en tan terribles emergencias, el gobernador Mercado y 
      Villacorta se resolvi a salir de la quebrada y fue a ocupar el fuerte de 
      San Bernardo, que en 1634 construyera el gobernador Albornoz, a tres 
      leguas de la ciudad de Salta...



      XII
      EL FUERTE DE SAN BERNARDO
           La situacin de Villacorta en San Bernardo era comprometida, por 
      falta casi absoluta de municiones, aunque el fuerte fuera lugar 
      estratgico de primer orden, elegido en la rebelin anterior para proteger 
      la retirada de los pulares.
           El fuerte ocupaba la punta que forman los dos brazos [134] de un ro 
      que llega del rumbo de los Lipes, y que tendra dos cuadras en su parte 
      ms ancha. Dominaba unas altsimas barrancas, inaccesibles a pie y a 
      caballo, salvo unos pasos muy estrechos. Los brazos del ro volvan a 
      unirse a dos tiros de escopeta. El fuerte, pues, edificado en la parte 
      superior, estaba defendido en la parte inferior por las barrancas y una 
      muralla de pirca o piedra sin argamasa, de vara y media de alto.
           La obra, sin embargo, estaba deteriorada, y del edificio principal 
      slo quedaban las paredes de dos frentes. Mercado, con sus hombres, 
      acamp, pues, entre la casa y el parapeto, levantando sus tiendas en ese 
      espacio, sin reforzar la defensa.
           El padre Torreblanca hizo construir una capilla de ramas y paja seca, 
      para decir misa y mantener con sus sermones el buen espritu de la 
      soldadesca.
           El temor de un asalto en esa situacin, sin municiones, y cuando los 
      espas anunciaban que Bohrquez y su gente iban movindose hacia Salta, se 
      converta ya en pnico, cuando un mensaje de dicha ciudad llev la feliz 
      noticia de que acababa de llegar gran cantidad de botijas de plvora, as 
      como plomo para balas y cuerda o mecha para los arcabuces, enviada por el 
      Presidente de la Real Audiencia de la Plata, don Francisco Nestares Marn, 
      a indicacin del maestro de campo don Pablo Bernrdez de Ovando, quien le 
      haba pintado la situacin harto amenazada de los espaoles en los valles 
      calchaques.
           Villacorta pidi que se apresurara el envo de parte de esas 
      municiones al fuerte de San Bernardo, e hizo bien, pues al propio tiempo 
      de stas, el 22 de septiembre de 1658, lleg un explorador con la noticia 
      de que el enemigo se haba acercado y acampaba en los prximos pueblos de 
      los pulares.
           -Los manda Bohrquez? -pregunt Villacorta.
           -No he podido saberlo, pero vienen con algn jefe importante, pues 
      son muchos.
           -Cuntos?
           -Ms de mil.
           Villacorta llam a Sancho Gmez. [135]
           -Ponte a la cabeza de diez hombres a caballo, y ve a explorar lo 
      mejor que puedas el campo enemigo.
           Gmez obedeci inmediatamente, soando en la venganza que maduraba 
      desde que lo abandon Bohrquez. En el fuerte slo quedaron setenta 
      hombres.
           Para Mercado, el ataque era inminente, as es que tom al punto las 
      medidas y disposiciones del caso. Puso diversos centinelas en puestos 
      avanzados, encargando a Juan de Tobar un punto a inmediaciones del bosque.
           A regular distancia, defendidos por las asperezas, y en conveniente 
      altura, situ algunos arcabuceros, buenos tiradores, y distribuy los 
      menos diestros y valerosos en posiciones no tan expuestas.
           Cay la tarde en medio de la expectativa general, y lleg la noche, 
      silenciosa y oscura. Villacorta estaba intranquilo; su porvenir -despus 
      de tantos errores- se jugaba definitivamente en ese momento.
           Para hacer mayor su angustia, las horas pasaban y Sancho Gmez y sus 
      soldados no volvan... Tenan que haber sido derrotados y hechos 
      prisioneros por los indios...
           En medio de la noche, Villacorta fue a buscar al padre Torreblanca, 
      que descansaba en la improvisada capilla.
           -Reverendo Padre -le dijo-: se acerca la hora de mi muerte y quiero 
      comunicaros mis ltimas disposiciones, y ponerme en paz con Dios por 
      vuestro intermedio.
           -Por qu esos presentimientos, hijo mo?
           -Porque si no rechazamos a los indios, saldr de este recinto para 
      morir matando, ya que se ser el nico medio de...
           -Confa en la Divina Providencia y no te abandones al desaliento.
           -No me abandono, padre, pero odme: Aqu, detrs de la capilla, est 
      atado mi alazn. Es un gran caballo que en poco tiempo puede poneros en 
      Salta, y que no alcanzar nadie que os persiga. Si soy derrotado, si veis 
      que los nuestros cejan, montad y partid sin mirar atrs. Aqu tenis las 
      llaves de mis escritorios de papeles, cdulas y negocios de importancia, 
      que entregaris a mi sucesor. [136]
           Entregole, en efecto, las llaves y luego agreg:
           -Examinad mis cartas y papeles particulares y quemad todo aquello que 
      creis oportuno. Fo en vuestra prudencia y generosidad: que mi memoria 
      no quede empaada ni comprometida!
           -As lo har, hijo mo.
           -Ahora, padre, od mi confesin.



      XIII
      EL COMBATE
           El campamento estaba sumido en las tinieblas y el silencio, y Juan de 
      Tobar segua montando la guardia, cuando a eso de la una de la madrugada 
      pareciole or el rumor de unas ramas que se quebraban en el bosque, a 
      pocos pasos de distancia. Escuch, trat de sondar las tinieblas con ojos 
      dilatados por el pnico, y convencido de que alguien andaba entre los 
      rboles, hizo fuego con su arcabuz hacia donde se escuchaba el ruido. Tres 
      disparos le contestaron, silbando las balas cerca de su cabeza; Tobar 
      arroj el arma, y convencido de su muerte segura, ech a correr hacia el 
      lado opuesto del campamento.
           La alarma estaba dada, y todos los espaoles pusironse en pie, 
      ocupando sus puestos de combate.
           Villacorta sali corriendo de su tienda, apercibido a la lucha, 
      embrazando la adarga y empuando la espada, y cubierta la cabeza con una 
      montera escarlata para que lo reconocieran los suyos, mientras en los 
      alrededores se escuchaba el creciente tropel de los indios que sitiaban el 
      fuerte en nmero considerable, que no era posible calcular en medio de las 
      sombras.
           Despus de los tiros, en la campaa y entre el bosque sonaron 
      trompetas, caracoles, atabales, tambores y pingollos, aumentando el temor 
      y la expectativa de los sitiados con la evidencia de que enfrente se 
      hallaba un formidable [137] ejrcito. Luego, todo call, y el silencio 
      reinante pareca una terrible amenaza...
           Villacorta puso en cobro las armas y el real estandarte, dando a los 
      de a caballo la orden de tener sus monturas prevenidas, dictando las 
      ltimas instrucciones y haciendo proceder al reparto de municiones en 
      abundancia.
           Los indios, entretanto, aunque bien informados a su juicio de la 
      situacin del fuerte y sus defensores, no se atrevan a atacar en medio de 
      las tinieblas. Bohrquez estaba a su cabeza, lo mismo que Luis Enrquez, y 
      ambos haban recibido de un espa la comunicacin de que Villacorta no 
      tena plvora para sus soldados. Por esto resolvieron sitiar el fuerte, 
      abandonando el primer plan de Enrquez, quien haba dicho a Bohrquez:
           -Limitmonos por ahora a los combates parciales, y en terreno 
      descubierto, donde las flechas pueden luchar con menos desventaja contra 
      las armas de fuego, y donde el nmero lleva ms probabilidades de vencer. 
      Necesitamos arcabuces, pues no tenemos ms de cuatro o cinco, y de ese 
      modo podremos tomarlos de los espaoles muertos.
           Este plan, ejecutado con precisin y perseverancia, hubiera 
      centuplicado el poder de los indios. Pero Bohrquez estaba lejos de ser un 
      general que abarcara una situacin compleja, e impulsado por las 
      circunstancias aparentemente favorables y por la especie de demencia que 
      se haba apoderado de l, lanzose sin reflexin a los hechos decisivos... 
      Confiaba sobre todo en la falta de municiones en que crea a Mercado y 
      Villacorta, y de la que dio conocimiento a su gente en la arenga con que 
      anim al ataque.
           Los indios, dando absoluto crdito a la palabra de su jefe, llegaron 
      aquella noche casi a tocar con el pecho las pircas de San Bernardo...
           As, a boca de jarro, comenz el combate al amanecer. El padre 
      Torreblanca, refugiado en la capilla, rezaba en voz alta oraciones 
      latinas, entre los estampidos de los arcabuces. Una nube de flechas, 
      partiendo del campo de los indios, caa dentro del recinto del fuerte, y 
      hasta sobre la misma capilla; tan cerca estaban los tiradores, en cuyas 
      filas haca estragos [138] el plomo espaol, sobre todo el de los 
      arcabuceros aguerridos que, desde las alturas y tras de sus adargas, 
      disparaban de mampuesto, sin errar blanco.
           Los soldados bisoos hacan fuego por aspilleras, resguardados tras 
      de las pircas y aunque inexpertos, no fueron menos eficaces, pues -como 
      dice un historiador- echaban en los arcabuces ms carga de la necesaria, 
      y sufrindola los caones por ser muy reforzados, daban alcance ms all 
      de los indios, y las balas llegaban donde estaba oculto y dando rdenes 
      Bohrquez, quien se vio obligado a retirarse mucho para asegurar su 
      persona.
           Los indios no cejaban, lanzbanse a pelear por mangas, pero los 
      espaoles los mantenan a raya, despus de haberlos hecho retroceder fuera 
      del alcance de los arcabuces, y donde las flechas eran completamente 
      ineficaces. Villacorta, viendo que los proyectiles no causaban dao a los 
      defensores del parapeto, aument su nmero para hacer mayor el estrago en 
      las filas enemigas, en las que cunda el desaliento, cuando una grave 
      peripecia fue a infundirles nuevos bros...
           Estaba distribuyndose plvora de una botija y junto a la capilla en 
      que se hallaba el padre Torreblanca, cuando una chispa del taco de un 
      arcabuz incendi la plvora que, explotando con terrible estampido, 
      comunic el fuego al techo de paja, e hizo que el jesuita se pusiera en 
      salvo precipitadamente.
           Al or el estruendo, Bohrquez grit a los suyos:
           -Se les ha quemado la nica plvora que tenan! Son nuestros! Al 
      asalto!
           Los calchaques se lanzaron como fieras sobre las pircas, pero una 
      terrible descarga sembr la muerte entre ellos, obligndolos a 
      retroceder... Villacorta en persona, junto con sus ayudantes, distribua 
      municiones con toda diligencia... Los espaoles hacan un fuego furioso. 
      Los indios, pasada la primera confusin, volvieron a la carga como 
      leones...
           Uno de ellos trep a la pirca, desafiando las balas y dando ejemplo y 
      paso a los suyos. Ya estaba en lo alto, ya iba a penetrar en el recinto 
      inexpugnable... Y entr en l, pero [139] rodando con una bala en pleno 
      corazn. Un mestizo que militaba con los espaoles se precipit sobre el 
      cadver y momentos despus, cantando victoria y entre un coro de vtores 
      de los suyos, exhiba a los indios, clavada en la punta de una pica, la 
      sangrienta cabeza del hroe.
           No tardaron en alzarse otras cabezas destilando sangre, como 
      terribles trofeos e implacable amenaza. Ya saban los indios que los 
      espaoles no daban cuartel, y el desaliento volvi a cundir con mayor 
      intensidad entre ellos, tanto ms cuanto que todo su heroico esfuerzo 
      pareca resultar intil: tanta flecha -dice un historiador- haban 
      arrojado, que en el campamento se hizo fuego con ellas para cebar mate, y 
      sin embargo el nmero de los espaoles y sus mortferas descargas no 
      parecan disminuir...
           Pero lo que determin el espanto de los indios fue el inopinado 
      regreso de Sancho Gmez y los suyos, que se crean muertos o prisioneros. 
      El soldado -poniendo en planta una estratagema que pudo costarle la vida, 
      pero que dio a sus armas la victoria-, despus de examinar la situacin 
      por medio de exploradores, deslizose hasta el camino de Salta, y por l se 
      precipit con los suyos hacia el fuerte, a rienda suelta.
           Los indios que vieron aquel pelotn de jinetes envueltos en un 
      torbellino de polvo, no dudaron que se trataba de un grueso refuerzo 
      espaol enviado de Salta, y consideraron segura su prdida.
           Bohrquez, presa de espanto, pues ya se vea pendiente de una horca, 
      se dio a precipitada fuga sin ordenar siquiera la retirada.
           A pesar de los esfuerzos, las rdenes, las splicas de Luis Enrquez, 
      que haba combatido como un hroe, los calchaques recogieron 
      apresuradamente sus muertos y heridos, dejando slo ocho cadveres en el 
      sitio ms batido por las balas, y se dispersaron ocultndose en el bosque 
      y en las asperezas del terreno, tres horas despus de comenzada la 
      batalla. Los espaoles no se atrevieron a seguirlos, e hicieron bien, pues 
      en campo raso hubiera cambiado mucho el aspecto de las cosas. Sancho Gmez 
      y sus diez jinetes entraron [140] triunfantes en el fuerte, entre los 
      vtores entusiastas de sus compaeros. El padre Torreblanca invit al 
      gobernador y a los soldados a rendir gracias al Altsimo y a la Virgen del 
      Valle, pues era evidente que slo un milagro haba podido darles la 
      victoria... Y como milagro, rodeado de maravillosas circunstancias, 
      comenz a narrarse sta, poco despus...
           Los espaoles tenan diez heridos de flecha, y uno o dos muertos, 
      segn dijeron ms tarde. Uno de los heridos era el secretario del 
      gobernador, don Juan de Ibarra Velazco, y otro el soldado de a caballo 
      Mateo de Fras, que ms tarde lleg a capitn, lo mismo que Sancho Gmez.
           Los fieles de la Virgen del Valle dicen que, cuando Bohrquez se 
      hallaba en los campos de Pucar, al frente de los feroces calchaques que 
      mandaba, los indios vieron la imagen de Nuestra Seora que, puesta delante 
      de los pocos espaoles, los defenda de los infieles ataques. La 
      intervencin de la Virgen, segn la misma leyenda, hizo poner en fuga a 
      los indios sublevados, que llegaban al nmero de 20.000. Agrega que el 
      chasque enviado por los espaoles a Tucumn, en demanda de refuerzos, fue 
      atacado por los calchaques, que no pudieron hacerle dao ni impedirle el 
      paso, porque la Virgen acudi personal y visiblemente a protegerlo, 
      abrindole paso.
           Dice tambin que en aquella oportunidad un gallardo y hermoso joven, 
      con preciosas vestiduras blancas, coleto, broquel y plumas en el sombrero, 
      montado en brioso caballo blanco y empuando una espada fulmnea, 
      atropellaba con increble agilidad y fuerza las hordas de infieles, 
      sembrando en ellas la muerte y el espanto: era indiscutiblemente el 
      Arcngel Gabriel, mandado por la santa Virgen del Valle. As atacados, los 
      indios de Bohrquez no tardaron en darse a la ms vergonzosa fuga, siendo 
      perseguidos por el puado de espaoles, cuya prdida hubiese sido segura 
      sin aquella intervencin sobrenatural... Lstima que la mitologa tenga 
      tan poca inventiva y que se reproduzcan tanto y tan exactamente estos 
      poemas religiosos, desde los primeros aos de la historia...
           Luis Enrquez, entretanto -ligeramente herido-, se haba [141] 
      precipitado tras de Bohrquez, a quien alcanz a una legua del lugar del 
      combate, a tiempo que un grupo de calchaques, indignados y sedientos de 
      venganza contra l, se preparaban a asesinarlo.
           Enrquez tuvo que interponerse y hasta echarse a la cara el arcabuz, 
      para salvarle la vida. Pero la seal estaba dada, el prestigio del Inca 
      amenazado y vacilante, su existencia misma en peligro... As lo insinu el 
      mestizo al charlatn, arrastrado por la elocuencia y la facundia a hechos 
      para los que no estaba preparado.
           -Hay que perseverar o morir! -djole Enrquez sin embargo.
           Cuando se reunieron con Carmen, que los aguardaba en un casero de 
      aquellas inmediaciones, la mestiza, instruida de la derrota y de la 
      vergonzosa fuga de Bohrquez por algunos indios dispersos que se le haban 
      adelantado, arrojose en brazos de su amante.
           -Pedro, Pedro! -exclam-. Vmonos de aqu! No quiero grandezas que 
      puedan costarte la vida!
           Bohrquez se estremeci, pues as pensaba l tambin... Enrquez mir 
      a la india y al andaluz con soberano desprecio.
           -Ah! Si yo fuera el falso Inca! -pens-. Pero este uritu... 
      (papagayo).



      XIV
      ENTRE DOS FUEGOS
           Carmen cur la herida de Luis Enrquez con agua de tusca y otras 
      hierbas medicinales, y los tres fueron a refugiarse en una de las muchas 
      aldehuelas abandonadas que haba entre las breas, pues sabido es que no 
      slo se despoblaban los valles por la invasin de los espaoles, sino que 
      tambin los indios acostumbraban cambiar con cierta frecuencia sus 
      habitaciones, por lo que es hoy tan difcil calcular el nmero exacto de 
      los calchaques. [142]
           La aldea, o ms bien, las ruinas de la aldea, estaba en una altura, 
      edificada en redondo, con pirca de piedras sueltas, y cercada de cardones 
      y rboles espinosos. All durmieron, al abrigo de cualquier sorpresa, 
      lejos como se hallaban de todo camino transitable. Cuando despertaron, el 
      sol estaba alto ya.
           -Qu hacemos aqu? -pregunt Enrquez-. Vamos en busca de nuestros 
      hermanos!...
           -Ve t -replic Bohrquez-, y envame algunos guerreros leales, pero 
      en quienes yo pueda confiar de veras, para que formen mi guardia y me 
      sirvan de mensajeros si es preciso. Tengo que meditar lo que conviene 
      hacer en estas circunstancias...
           -Meditar, meditar! -refunfu el mestizo-. Lo necesario es 
obrar!...
           Sin embargo, se march, en parte para cumplir los encargos de 
      Bohrquez, en parte -y la principal-, para ponerse en contacto con los 
      indios, cuyo nico general era ya, probablemente...     Bohrquez sentase 
      presa de horrible desaliento: su pobre cabeza de hablador y titiritero no 
      poda abarcar el problema y hallarle una solucin. Slo pensaba en 
      escapar: en escapar de los indios..., en escapar de los espaoles.
           Estaba entre dos fuegos: los calchaques, aunque dispersos y 
      desmoralizados, lo mataran si lo encontraban en la inaccin: los 
      espaoles, ansiosos de dar un terrible ejemplo, lo ahorcaran 
      irremediablemente si llegaban a ponerle la mano encima. Cun lejos estaba 
      el hbil embaucador que mareara y embriagara a Mercado y Villacorta con 
      sus sueos de tesoros y conquistas! Cun lejos el elocuente jefe que 
      prometa a los indios la victoria y la independencia! Apenas si, entre 
      aquellas ruinas de un pasado que no renacera jams, quedaba el miserable 
      Pedro Clavijo, el sobrino del gitano bellaco que lo trajo a Amrica, el 
      ahijado del ventero de la Quinga, el saltimbanqui jugador de manos y 
      fullero, cuyas andaluzadas lograron embaucar a otros, pero no enaltecerlo 
      a l, ni darle corazn ni talento!...
           -Yo creo -tartamude aquel guiapo de hombre, dirigindose [143] a 
      Carmen, despus de larga meditacin-, yo creo... que lo mejor sera pedir 
      indulto...
           -Pdelo -contest la mestiza, aterrada tambin por el porvenir que se 
      desarrollaba ante sus ojos.
           -Ve a pedirlo, yo te aguardo aqu.
           -A quin? -dijo Carmen, siempre abnegada y sumisa, dispuesta a 
      sacrificarse cuantas veces se lo pidiera su amante.
           -Al gobernador Mercado... l no te niega nada.
           -Voy! -contest la mestiza, ponindose en pie, y envolvindose en su 
      manto.
           -No! Espera! Piensas dejarme solo? -dijo aterrado Bohrquez, tan 
      pusilnime cuanto altivo se mostrara en la grandeza.
           Carmen se volvi a sentar, y as pasaron las horas en silencio.
           Por fin llegaron varios indios a ponerse a las rdenes del Inca, y 
      Carmen parti.
           El cerebro de Bohrquez trabajaba sin descanso, aguijoneado por la 
      zozobra. No pudo comer de las provisiones que le llevaran los indios, y a 
      cada instante se asomaba por las pircas, como si Carmen pudiera regresar 
      tan pronto, o como si temiese algn ataque de sus enemigos. Los indios, 
      armados de flechas y hondas, cuchicheaban entre s, mirando a su jefe: 
      pero no era por hostilidad; se preguntaban, sencillamente, qu gran plan 
      estara madurando el Hijo del Sol!...
           As pas un da. As pasaron dos... Al tercero apareci Carmen, 
      demudada, rendida de fatiga.
           -El gobernador no puede indultarte -dijo.
           -Cmo! -exclam Bohrquez aterrado.
           -No puede! Dice que tiene rdenes formales y terribles del virrey 
      para prenderte y enviarte a...
           -Antes morir peleando! -grit aquel pusilnime con un resto 
      postrero de energa.
           -Pero -agreg la mestiza-, Mercado aade que puedes pedir ese indulto 
      a las autoridades superiores, y que l...
           -Y que l? Acaba!
           -Que l puede concederte una tregua, mientras llega ese [144] indulto 
      o su negativa, si te comprometes a que los indios permanezcan entretanto 
      tranquilos.
           El rostro de Bohrquez se ilumin. Aquello era la salvacin o poco 
      menos! En seguida despach un propio a Mercado y Villacorta aceptando 
      todas sus condiciones, bajo juramento, y otros a Chuquisaca y a Lima, 
      solicitando su indulto, y diciendo que, una vez retirado l, no habra ms 
      guerra en Calchaqu...
           Pero no contaba con Luis Enrquez. ste haba logrado reunir algunos 
      restos dispersos de su ejrcito y se preparaba a continuar la guerra, con 
      Bohrquez o sin l. Cuando supo -los indios lo saban todo- los pasos que 
      estaba dando el andaluz, precipitose a su escondrijo.
           -Se dice que has pedido el indulto! -exclam encarndose indignado 
      con el Titaqun.
           -Es verdad! Ya te hice comunicar que estamos en tregua. He pedido 
      indulto para m, para ti, para nuestros soldados.
           -Yo no necesito indulto! -grit Luis-. Eres un traidor, y mereceras 
      morir como un traidor... Pero no quiero matarte, por esta mujer que vale 
      ms que t... En cuanto a la tregua... -agreg bajando la voz y con 
      actitud todava ms amenazadora.
           -Qu piensas hacer? -balbuci Bohrquez aterrado.
           -Ya lo vers! Aprntate para las consecuencias!
           -Luis! Luis! No me traiciones! -suplic el andaluz.
           -Y t te atreves a hablar de traicin! -dijo Enrquez sonriendo por 
      rara excepcin y como prueba de supremo desprecio.
           Luego, dirigindose a Carmen:
           -Adis, Carmen -dijo-; ten valor, pues lo necesitars -y desapareci 
      ms que se retir entre los matorrales y los riscos.
           No tard Bohrquez en conocer el significado de aquella amenaza. De 
      todas partes le llegaban noticias aterradoras: Enrquez, con cien 
      guerreros valerosos, haba bajado por Taf a la frontera de Tucumn e 
      invadido el fuerte que custodiaba el capitn Juan de Ceballos Morales, 
      haciendo [145] gran estrago. Los espaoles atribuan a Bohrquez aquel 
      golpe de mano.
           Entretanto, un destacamento de quinientos hombres, que tambin se 
      deca mandado por el andaluz, sitiaba el fuerte de Andalgal, defendido 
      por el capitn Nieva y Castilla, mientras en la campaa se mataba, se 
      incendiaba, se asolaba todo, interceptando convoyes de vveres, chasques 
      con instrucciones, destacamentos pequeos de soldados...
           Enrquez se multiplicaba, pareca estar en todas partes, enardecer a 
      todos, conflagrar la tierra -del uno al otro extremo-. La guerra, sin 
      Bohrquez, resultaba ms terrible aun, porque era dirigida por un corazn 
      valiente, y por una cabeza ms robusta aunque de menos brillo exterior.
           En la frontera de Rioja, y alrededor del valle de Famatina, los 
      indios comprometidos preparaban un terrible golpe de mano, esperando 
      solamente para su ejecucin la llegada de Enrquez.
           Intentaban sorprender, tomar y saquear la ciudad de La Rioja, caer en 
      seguida de improviso sobre Londres, casi desamparada en aquellos momentos, 
      y enseorearse del pas... Bohrquez lo supo merced a la indiscrecin de 
      uno de los pocos indios que an lo veneraban, y para captarse la 
      benignidad de los espaoles, hizo llegar sigilosamente la noticia al 
      gobernador de Rioja, don Diego Herrera y Guzmn. Traicin tras traicin, 
      en serie interminable...
           Herrera obr con el vigor y la rapidez que las circunstancias 
      exigan. Reuni a media noche cuantas fuerzas pudo, armando hasta ancianos 
      y mancebos, sali de la ciudad a marchas forzadas, y dos horas despus de 
      amanecer, cay como un rayo sobre el descuidado pueblo de Anguinan, foco 
      sin embargo de la insurreccin, y tomando prisioneros a los caciques e 
      indios, sin dejar a sus mujeres y a sus tiernos hijos, los rode de 
      soldados en un fuerte, resuelto a hacer matar a todos, sin dejar uno, a la 
      primera amenaza de afuera o de adentro... As se salvaron Rioja, Londres y 
      Andalgal...
           Entretanto, el virrey del Per, conde Alba de Lista, haba escrito al 
      gobernador Mercado y Villacorta un oficio [146] comunicndole que en vista 
      de la necesidad de pacificar los valles calchaques, el real consejo 
      otorgaba indulto a Bohrquez y sus partidarios, con tal que el caudillo se 
      retirara del teatro de la guerra y las autoridades espaolas tuvieran la 
      evidencia de que as lo haca. El pliego era llevado por un oidor del 
      Per, en persona, e iba acompaado de una carta confidencial...
           Por intermedio de Carmen, que iba a menudo a buscar noticias del 
      indulto, el padre Torreblanca, en nombre del gobernador, se puso de 
      acuerdo con Bohrquez para tener una secreta entrevista con l.
           Terrible fue aquel momento para el andaluz. El indulto no se le 
      otorgaba sino a cambio de su libertad, nica garanta suficiente para los 
      espaoles de que no volvera a agitar el pas, apaciguado en apariencia, 
      despus del golpe de mano de Anguinan.
           -Tu encarcelamiento ser momentneo -dijo el persuasivo padre 
      Torreblanca-; estars en Salta, en buenas condiciones, hasta que se te 
      pueda pasar al Per, de donde seguramente se te embarcar para Europa. 
      Basta de aventuras tan terribles, hijo mo! Slo la Santa Virgen del 
      Valle ha podido salvarte de la horca!...
           Mucho se resisti Bohrquez, pero al fin tuvo que ceder, pues no vea 
      otro camino de salvacin: ponerse de nuevo al frente de los indios sera 
      desafiar quizs las iras de stos, y renunciar definitivamente al perdn 
      de los espaoles, que no le daran cuartel. Cuando dijo a Carmen que iba a 
      entregarse, la mestiza se ech a llorar.
           -El taita te engaa! -exclam-. Te llevan para matarte!... Pero yo 
      te salvar. [147]



      XV
      CATSTROFES
           Bohrquez, acompaado por Carmen, march a Salta, para entregarse al 
      representante del virrey.
           No se le trat mal en un principio, y hasta poda tener ilusin de 
      hallarse en libertad. Alucinado por esta aparente dulzura, no vacil en 
      acceder a un pedido complementario que se le hizo para la total 
      pacificacin de Calchaqu. Y un da subi a un tablado que se haba 
      erigido en la plaza de Salta, y dirigiendo la palabra a caciques y 
      curacas, de antemano convocados en gran nmero, los exhort a que 
      volvieran por siempre a la paz, y acatasen la soberana del rey de Len y 
      de Castilla, nico y absoluto seor de estas Indias. Los curacas se 
      retiraron cabizbajos, descontentos y recelosos...
           Entretanto, los meses transcurrieron, Calchaqu no se pacificaba, y 
      los rumores que llegaban a odos de Bohrquez eran amenazadores y 
      terribles... Sus compatriotas tenan la intencin de darle muerte, y 
      retardaban el momento slo porque teman posibles complicaciones. La 
      sentencia se cumplira despus de una decisiva expedicin que estaba 
      preparando el gobernador Mercado y Villacorta...
           Carmen, y algunos indios adictos y espaoles indiscretos, tenan al 
      prisionero al corriente de cuanto se haca y se pensaba. Por ellos supo 
      que Mercado y Villacorta haba recibido del Per importantes socorros en 
      armas, municiones y dinero, y que se ocupaba de formar dos poderosos 
      tercios, el uno con las tropas de Santiago, Salta, Esteco y Jujuy, que 
      mandara personalmente, acompaado por el padre Torreblanca como capelln; 
      el otro, compuesto por las tropas de La Rioja, Londres, Valle de Catamarca 
      y Tucumn, que marchara bajo las rdenes del ya entonces maestro de campo 
      don Francisco de Nieva y Castilla.
           El primer cuerpo constara de mil doscientos a mil quinientos [148] 
      hombres, y numerosos caballos; el segundo alrededor de mil, incluyndose 
      en ambos los indios amigos.
           El plan del gobernador, segn lleg a odos de Bohrquez, consista 
      en entrar simultneamente por dos puntos al valle de Catamarca. Para esto, 
      a principios de mayo y con sus tropas, saldra de Salta por la quebrada 
      del Escoype, y marchara hacia el sur. Nieva y Castilla, entretanto, 
      saldra al propio tiempo de Londres, y entrando al valle por Jocavil, 
      marchara hacia el norte para unirse con l en el centro del valle, 
      despus de limpiar ste de indios.
           Bohrquez comprendi inmediatamente que este plan debilitaba las 
      formidables fuerzas espaolas, y con el ingenio aguzado del preso que 
      ansa su libertad, se dijo:
           -Mi ltimo recurso est en que triunfen los indios, aunque sea 
      momentneamente. Huir de aqu me es fcil, y si les doy la victoria me 
      recibirn con los brazos abiertos, olvidarn lo pasado y volver a ser 
      Inca. Y, cuando lo sea... ya veremos! Siempre hallar cmo salvar el 
      pellejo.
           Consult su idea con Carmen, y despus de largo y detenido examen, 
      ambos resolvieron comunicar lo que saban a Luis Enrquez, y aconsejarle 
      un plan de campaa que a juicio de ambos no poda fallar. Consista 
      sencillamente en que los indios dieran paso franco a Mercado y su ejrcito 
      hasta Tolombn, donde necesariamente ira a acampar, y que se halla en 
      medio del valle. All lo sitiaran, en el mayor nmero posible, y les 
      quitaran el agua -cosa fcil, como haba podido observarlo durante su 
      permanencia en dicho pueblo. Entretanto, los calchaques de Jocavil, 
      Anguinan, Acalian y todos los Quilmes, observaran la marcha del ejrcito 
      de Nieva y Castilla, para caer sobre l por sorpresa en un lugar propicio, 
      matando y arrollndolo todo. Desbaratado Nieva, correran a incorporarse 
      con los de Tolombn, y Mercado y Villacorta tendra que sucumbir dejando 
      el pas libre de espaoles...
           El plan no estaba mal urdido, como se ve, y ms an si se tiene en 
      cuenta que Luis Enrquez podra mover unos cuantos miles de hombres, tan 
      valientes como los heroicos Quilmes, cuyas hazaas estn an por ser 
      escritas. [149]
           Pero los acontecimientos se precipitaron, la crcel de Bohrquez se 
      hizo ms dura; ya no le permitan ver a otra persona que Carmen; el rostro 
      hirsuto y torvo de los carceleros aument su hostilidad; ya los guardianes 
      no iban a formar corro para escuchar los cuentos fantsticos, las 
      ancdotas y los chascarrillos del andaluz; ya no se festejaban sus 
      chistosas interpelaciones a los que pasaban cerca de l; ya haca 
      gracia... Y Bohrquez saba que, para un charlatn, no hacer gracia es 
      estar en desgracia... Todo lo vio nublado y se ech a temblar por su 
      vida... Un da supo que Villacorta, al frente de su ejrcito, acababa de 
      salir de Salta; anudsele la garganta y sinti un calofro, como si pasara 
      la muerte. La osada del plan que haba trazado lo aterr...
           Cuando lleg Carmen, esa tarde, llevndole un poco de comida, 
      encontrolo plido, desencajado, con los ojos casi fuera de las rbitas. 
      Tena la continua visin del cadalso... Hizo a su compaera confidente de 
      sus temores, llor como un nio, como un nio le suplic que lo salvara.
           A la maana siguiente Carmen fue a despedirse de Bohrquez y sali de 
      Salta.
           Sola y a pie sigui la rastrillada del ejrcito de Mercado y 
      Villacorta...



      XVI
      LA MESTIZA
           El seor gobernador hallbase la noche del 11 al 12 de junio 
      departiendo con algunos de sus oficiales, en su tienda de campaa, junto a 
      Chicoana de los Pulares, cuando un ayudante le anunci que una mujer, 
      detenida en la lnea del campamento, solicitaba hablarle inmediatamente.
           -Es del pueblo? -pregunt.
           -No es del pueblo. Parece india, pero no podra afirmarse. [150] Dice 
      que es criada del capitn don Melchor Daz Zambrano, y que ha estado 
      prisionera en poder de los calchaques.
           -Que se la conduzca aqu.
           Los oficiales se retiraron discretamente. Mercado qued solo. Un 
      momento despus, entraba en la tienda una mujer envuelta en un manto.
           -Carmen! -exclam Mercado en cuanto se desemboz.
           -S, soy yo! Vengo a revelar a vuecencia importantes secretos, si 
      antes me promete la vida y la libertad inmediata de Bohrquez.
           -Tan importantes son? -pregunt con cierta sorna Mercado.
           -Vuecencia juzgar al orlos -replic framente la mestiza.
           -Empieza, pues.
           -Antes quiero que vuecencia me d su palabra...
           -De que conceder la vida y la libertad a Bohrquez?
           -S.
           -Pues ya la tienes, si se trata de algo que me sea provechoso.
           -Solemnemente empeada?
           -S!
           Carmen, entonces, revel a Mercado el plan de Bohrquez, agregando 
      que poda hacerse fracasar con slo precipitar la marcha.
           -Otra traicin, de yapa -agreg la mestiza con amargura-. El cacique 
      Pablo, que acompaa a vuecencia, es espa de los indios y viene para 
      observar los movimientos del ejrcito y comunicarlos a Luis Enrquez!... 
      En querer y en traicionar no hay ms que empezar...
           Carmen se march, el cacique don Pablo muri aquella misma noche y, 
      mucho antes de amanecer, el ejrcito tomaba a marcha forzada el camino de 
      Tolombn, a cuyo pueblo entr tres das despus, sin disparar un tiro...
           No tenan la menor noticia del ejrcito de Nieva y Castilla; el 
      enemigo, indudablemente, interceptaba los mensajes y mataba los chasques. 
      [151]
           Mercado no se eterniz en Tolombn. Despus de guarecerlo con un 
      regular destacamento, en la madrugada del 15 march en direccin al pueblo 
      de los Quilmes. Detvose a pernoctar en Colalao.
           Los indios, que seguan los movimientos del ejrcito, disimulndose 
      entre los rboles y tras las asperezas del terreno, y cuyo grueso acampaba 
      en aquellas inmediaciones, consideraron que el momento era propicio.
           En nmero de dos mil, rodearon por todas partes a los espaoles, 
      llevndoles el ms formidable ataque. Se pele encarnizadamente hasta las 
      cuatro de la tarde. Vindose en inferioridad de condiciones, Mercado 
      resolvi retroceder, pero con tan mala suerte, que casi da en una 
      emboscada que se le haba preparado a orillas del ro, en previsin de ese 
      movimiento.
           El espaol no perdi la cabeza, sin embargo. Dejando que el grueso 
      del ejrcito siguiera donde estaba, flanque rpidamente a los calchaques 
      con la compaa de su guardia, y precipitndose a la retaguardia de los 
      indios los tom entre dos fuegos. La carnicera fue tan espantosa, que la 
      sangre corri hasta el ro y el campo qued sembrado de cadveres 
      calchaques con la cabeza separada del tronco... Los espaoles estaban 
      vengados de la sorpresa y del grave peligro que haban corrido...
           Pocas horas despus, en medio de la noche que cobijaba tranquila y 
      silenciosa a los guerreros ebrios de sangre y ahtos de matanza, lleg al 
      campamento el primer mensaje de Nieva y Castilla, llevado por un cacique 
      de Colpes, llamado don Lorenzo.
           Conducido inmediatamente a la presencia del gobernador, entregole una 
      carta de su jefe en la que ste le daba cuenta de varios combates 
      sangrientos, especialmente de uno en que los heroicos calchaques haban 
      llegado hasta la misma boca de los arcabuces espaoles. En este encuentro, 
      Nieva se vio arrollado por los indios, y hubiera perecido, si el joven 
      Ignacio de Herrera no se hubiese lanzado en su auxilio, entusiasmando con 
      su arrojo a muchos que lo siguieron. La derrota de los indios se produjo 
      en seguida, y la matanza fue [152] espantosa, pues no se dio cuartel y los 
      espaoles estaban convertidos en fieras.
           La carta terminaba anunciando que al da siguiente se operara la 
      reunin del tercio de Londres con el de Salta, es decir, que los valles 
      calchaques quedaban en poder de los espaoles, salvo las ocho leguas 
      dominadas por los heroicos Quilmes, y que durante varios aos todava, 
      continuaron bajo el dominio de stos...
           Mercado y Villacorta apresurose a comunicar tan faustas nuevas al 
      padre Torreblanca.
           -Y ahora -djole en seguida-, qu hacemos con Bohrquez?
           -Enviarlo al Per -contest el jesuita sin vacilar.
           -Es que he empeado mi palabra de honor...
           -Sobre qu?
           -De devolverle inmediatamente la libertad...
           El padre Torreblanca reflexion un instante y luego, con angelical 
      mansedumbre, dijo:
           -Tu empeo no es vlido, porque al hacerlo olvidabas que Bohrquez no 
      est ya bajo tu jurisdiccin sino bajo la del virrey. No te preocupes, 
      pues, hijo mo, y mndalo inmediatamente al Per.
           Villacorta qued pasmado de admiracin ante el ingenio del jesuita, 
      que as le alivianaba la conciencia...
           Bohrquez, bajo segura custodia, fue llevado a Lima, en cuya crcel 
      se le carg de cadenas. All pas algunos aos, soando intilmente en 
      escapar. Condensele a muerte, pero un resto de escrpulo nacido del hecho 
      de habrsele indultado antes, hizo que se consultase a Espaa, a la reina 
      doa Mara de Austria, regente en nombre de su hijo Carlos II. Su Majestad 
      contest sencillamente al virrey: Os mando que obris conforme a justicia 
      y gobierno, lo que fuere de mi mejor servicio. Esto era simplemente poner 
      el cmplase a la sentencia de Chamijo.
           Disele garrote, el cadver fue exhibido en la plaza pblica, colgado 
      de una horca; luego se le cort la cabeza y sta fue clavada en el arco 
      del puente que mira al barrio de San Lzaro... [153]
           Carmen, que haba seguido a Bohrquez hasta Lima, cuando se convenci 
      de que su amante no le sera restituido ms, volvi sigilosa y 
      penossimamente a Londres, con el firme propsito de vengarse de Mercado. 
      Para conseguirlo, envenen un jarro de chicha, de que el gobernador 
      comenz a beber, abandonndolo por su extrao sabor. Perseguida y a punto 
      de caer en manos de los espaoles, precipitose a un barranco, hacindose 
      pedazos contra las rocas...
           En esto, como en muchas otras manifestaciones, imit a las heroicas y 
      salvajes calchaques que seguan a la guerra a sus maridos con los hijos 
      atados a la espalda, y que, en caso de derrota, se lanzaban sin vacilar al 
      abismo...
      FIN


